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APARICIÓN DE LA MUJER ESQUIZOFRÉNICA

Miércoles, 8 de octubre de 2008

APARICIÓN DE LA MUJER ESQUIZOFRÉNICA
 

Veinte años sin verle y se había hecho rico. Mi amigo Eduardo me sonreía desde su metro noventa feliz de haberme encontrado después de tanto tiempo. Nos dimos los teléfonos, tomamos un café. Eduardo había sido el mayor sinvergüenza de la universidad de económicas pero él ahora tenía su propia empresa de sistemas de seguridad y yo trabajaba como contable. Los dos éramos dos cuarentones que habían vivido lo suyo, pero mientras yo me había retirado discretamente de la vida él seguía disfrutándola sin ningún tipo de reparo. Vivía con una chica de veinticinco años, se daba todo tipo de caprichos y seguía tonteando con las drogas. Por mi parte yo ni siquiera fumaba, me había abandonado mi mujer y vivía solo en una casa de un barrio obrero. Estaba precisamente solo en mi casa cuando la llamada de Eduardo me despertó:

–¿Tienes un disfraz de algo?—me dijo—Vamos a quedar en un bar de la calle Goya, aquel donde íbamos siempre, con intención de marchar para Zúñigo donde hay una fiesta medieval…¿Conoces el pueblo? ¿No? Pues vente con nosotros que te lo vas a pasar de rechupete.

No sé muy bien por qué accedí. Eduardo no me inspiraba confianza. La verdad era que Eduardo había tenido problemas con la policía por posesión de substancias en los años noventa, todos nos habíamos enterado. Salió en la prensa. Pero pensé que Eduardo era mi amigo y que se merecía otra oportunidad.

Fui al bar de la calle Goya con mi disfraz de cura debajo del brazo. Semejante disfraz encajaba con mi imagen de moralista que me atribuían mis amigos. Cuando llegué Eduardo me presentó a su amigo Pedro, un escuálido enano que jugaba a las máquinas y que estaba completamente calvo con la cabeza afeitada. Un escuálido enano que me dio muy mal rollo. Acto seguido me presentó a Sole, una veinteañera morena de grandes pechos y muy guapa, con una mirada árabe. Al parecer Pedro y Sole eran como novios, esto me hizo sospechar algo. Yo me tomé una fanta porque ya no bebía pero mis amigos empezaron a tomarse whiskeys a las cinco de la tarde como eran. No les quise decir nada. Les dejé hacer. Sole me dio dos besos, se me quedó mirando de forma extraña. Tenía dos hileras perfectas de dientes pero demasiado amarillos. Le constaba trabajo articular una frase coherentemente, hablaba de manera atropellada trasluciendo mucha ansiedad. Inmediatamente me di cuenta de que la chica estaba como una cabra pero había un brillo en sus ojos que me seducía, no me daba cuenta de que aquel brillo no era otra cosa que pura maldad. Sole me comentó que tenía un disfraz de princesa, yo la dije que seguro que estaba muy guapa con él puesto y ella hizo una mueca por respuesta. Evidentemente algo marchaba mal en la cabeza de esa chica. Eduardo sacó las llaves de su nuevo Audy 100 de color blanco, era un cochazo impresionante. Íbamos a hacer el viaje a Zúñigo muy a gusto. De vez en cuando Sole se daba la vuelta y me miraba sonriéndome, se había sentado en el asiento del copiloto y se iba haciendo un porro. Todos fumaban marihuana y hachís. Empecé a darme cuenta de dónde me había metido. Por el camino Eduardo me fue dando detalles de su empresa de sistemas de seguridad, al parecer era un negocio que le había reportado muchos beneficios. Tenía dinero para hecer viajes y fumar la mejor marihuana. Rechacé que me pasaran el porro y quedé un poco mal pero no quería drogas en mi cuerpo. En cuanto se animaron comenzaron a hablar de cuando alquilaron un monasterio para hacer una fiesta de ácidos, contaron cómo acabaron con ácidos hasta por el pelo, como la gente sufrió una psicosis colectiva y unos se pegaban, otros se enterraban, otros corrían de un lado para otro, otros hablaban sin parar…Me pareció una chaladura de puta madre. Sole acabó de rematar los recuerdos del grupo comentando cuando se tomó un éxtasis y vio a la gente de la discoteca bailar sin piel en el cuerpo o cuando veía a su abuela caminar a su lado, su amiga también la veía. Paramos en un bar para seguir bebiendo. La chica tomó licor de hierbas, los demás whisky. Yo de nuevo otra fanta. Todos me compadecían porque no bebiera, fumara o me tomara drogas. La vida era así de complicada o de sencilla. Eduardo se disfrazó de verdugo, Pedro de monje, Sole de princesa y yo de sacerdote. De esta guisa caminamos por el pueblo que estaba en fiestas, había mucha gente disfrazada. Yo sabía que algo iba a salir mal porque la chica no dejaba de lanzarme miraditas ni de rozarme con sus grandes pechos. Yo estaba muy cachondo y en el fondo la deseaba con todo mi corazón. Pedro tenía también mucho dinero y droga suficiente como para poder tener ese bombón a su lado, pero yo, un pobre contable, nunca disfrutaría de semejante compañía. Me di cuenta de que no podía apartarme de su lado y ella empezó a contarme la triste historia de su saga familiar que era como una película de terror. Inmediatamente comprendí que la chica se lo estaba inventando todo o que quizás se creía sus propias mentiras, lo que era peor. Pero yo me dejaba querer y no dejaba de mirar sus ojos árabes mientras ella encendía un cigarrillo tras otro y pedía más licor de hierbas. Eché de menos mi vida como bebedor. Pero ahora me encontraba en otro estadio de mi existencia y ya no debía fumar más, ni beber más, ni perjudicar mi mente con drogas. Ese era el problema, yo había madurado, tenía ya cuarenta años pero Sole y los otros dos seguían anclados en una especie de infancia permanentemente autoindulgente. Cuando Sole me dijo que pintaba y adiviné en ella a una artista caí enamorado completamente, no sólo era guapa también tenía sensibilidad. El problema era que estaba loca pero sería un problema menor. Me contó como eran sus cuadros justo cuando veíamos un torneo medieval sentados en unas gradas, luego vimos el espectáculo de fuegos artificiales pero Sole no soportó estar tanto tiempo sin beber, rápidamente se escabulló de las gradas junto a Pedro y se largó a tomar una copa. Yo me quedé solo echándola de menos y contemplando los fuegos artificiales. Yo pensaba en ser un genio, pensaba en que había nacido para ser un genio. Pensaba en todo eso y pensaba que merecía tener a esa chica a mi lado, aunque yo tuviera veinte años más que ella. Rápidamente pensé en un juego de seducción. Mi amigo Eduardo me rogaba que andara derecho ya que me estaba dejando encorvar por el peso de los años y los problemas y no era feliz. La verdad es que costaba trabajo ser feliz, me costaba trabajo desde que dejé de beber y me abandonó mi mujer. La vida sin drogas había dejado de ser una feria y ahora me encontraba en la feria de otros para los que la vida seguía siendo una fiesta. Empezaba a notar mucha violencia en mí por esto, me encontraba a disgusto en mi piel. Ya no era el jovencito que apuraba y disfrutaba de la vida, ahora era un señor que empezaba a ser maduro y al que de repente le atraían mujeres mucho más jóvenes. Sole tenía esa extraña fuerza que da la locura a sus elegidos, era además completamente inmoral y parecía adueñarse de la vida completamente. Era guapa, era joven, era deseable. Además no parecía que Pedro supusiera un problema para ella pues rápidamente empezó a coquetear conmigo sin ningún miramiento. Me enamoré de ella y se lo dije a mi amigo Eduardo.

–Me gusta mucho Sole, le voy a dar mi número de teléfono…

–Ten cuidado con esa chica porque está completamente loca—trató de disuadirme mi amigo.

Yo ya no escuchaba enamorado como me encontraba. Escribí en un papel mi número de teléfono, mi dirección y mi correo electrónico. Mi amigo Eduardo me hacía gestos de que no le diera ese papel a la chica pero ya era demasiado tarde.

En cuanto se dio cuenta de que me tenía en su poder dejó de ser amable conmigo, dijo que había echado una pastilla de éxtasis en mi vaso y consiguió asustarme. Luego me dijo que parecía mucho más mayor que la edad que tenía y terminó diciendo que yo era gey y que tenía que asimilar que lo era. Yo no me podía creer semejante cambio de actitud en aquella chica, me encontraba totalmente asustado.

A todo esto seguíamos bebiendo y ya eran las seis de la mañana, así que decidimos irnos a dormir a una tienda de campaña. Pero Sole no quería dormir en una tienda de campaña, así que convenció a Pedro para que nos llevara de vuelta a la ciudad. Mi amigo Eduardo me decía que no subiera al coche con ellos que tendría problemas, pero yo no hice caso. En cada bar de carretera se paraban a beber, los insultos hacia mi persona seguían arreciando. Yo no podía entender semejante cambio de actitud. Ella me decía que reconociese que era gay. Fue como una pesadilla. Insistía en que le dijera a todo el mundo que yo era maricón. No dejaba de humillarme. Al final trataba de convencer a Pedro de que no me llevaran a la ciudad, de que me dejaran tirado en medio de la carretera. Aquella chica era pura maldad, estaba en contacto con toda la maldad del mundo…Ella me seguía gustando que era lo peor.

–Mariconazo, mariconazo, admite que eres un mariconazo.

La mujer no dejaba de torturarme, yo estaba a cincuenta kilómetros de mi ciudad disfrazado de cura, con una mujer disfrazada de princesa y un hombre disfrazado de monje. Todo era una puta locura. Pedro y Sole se habían parado en algunos bares de carretera a consumir cocaína y alcohol y estaban que se subían por las nubes.

–¿No te pensaras que ahora te vamos a llevar a tu casa, te vamos a poner el pijama y te vamos a dar el besito de buenas noches, verdad?

Yo estaba aterrorizado, pero prefería quedarme tirado a marcharme con aquella gente que acababa de conocer.

–Deja a este pringado en la cuneta, si lo haces me voy contigo al campo y echamos un polvo.

La sugerencia de Sole a Pedro me helo la sangre, yo no dejaba de suplicar.

–¡Pero Sole por qué me haces esto! ¡Yo sólo quería ser tu amigo y mira en qué situación me encuentro!

–Tú lo que eres es un listo que no quiere admitir que es un mariconazo, puto maricón. No me gusta la gente reprimida como tú, anda y que te den por culo desgraciado.

Y luego le cambiaba la cara y añadía:

–¿No quieres darme un beso? Venga, dame un beso. Te dejo que le des un beso a Pedro también.

Llame a mi amigo Eduardo para que pusiera orden pero me aconsejó que saliera de allí lo más rápidamente posible y cogiera un autobús, pues Sole podía acabar agrediéndome. Al parecer ya había tenido problemas con más personas a las que había agredido.

–No te muevas de allí, voy a buscarte. Dime en qué bar estás.

Por fin mi amigo había comprendido que tenía que venir a buscarme. Eran las diez de la mañana y estábamos disfrazados como fantoches en un bar de carretera. Yo no dejaba de mirar el mapa del mundo que había en la pared pensando en la de miles de sitio que existen y en los que me hubiera gustado estar lejos de allí.

Entonces Sole me dijo en cuanto me vio marchar:

–¿A dónde crees que vas, maricón?

Y agarrándome del cuello me dio el mejor beso en los labios que me han dado en toda la vida. Era un beso lleno de amor y de pasión, profundamente erótico. Era un beso de esos de uno entre un millón que revolvió todos mis sentidos. Aquella chica podía ser maravillosa.

–Y ahora vete si quieres—me dijo.

Una parte de mí quería irse, otra quería quedarse. Entonces escuché una bocina en la puerta del bar. Era mi amigo Eduardo que venía a buscarme.

Me alejé de ella sin resentimiento y ella me envolvió con una mirada llena de un profundo amor. Maldije la locura y la droga que destrozan cuerpos y almas. Esa chica era un ser de luz que había equivocado su camino pero yo no podía salvarlo.

Hice todo el camino de regreso a casa sin hablar con mi amigo y presa de una profunda tristeza. Cuando subí las escaleras de mi casa todavía llevaba puesto el disfraz de cura y no había dormido en toda la noche.

LA MUJER ENEMIGA

Lunes, 15 de septiembre de 2008

LA MUJER ENEMIGA 

 

Su voz sonaba dulcísima, debería tener unos veinte años. Era de mediana estatura, de pelo castaño y ojos azules. Llevaba el pelo recogido en una coleta. Yo tenía que ir a un instituto a preguntar por ella porque estaba estudiando pero tenía que guardarme de ella ya que me perseguía y pretendía hacerme daño. Ignoro por qué quería hacerme daño esa chica, quizás luego se arrepintió de perseguirme. Mi amigo Ignacio también era amigo de ella, ella le conocía a él y por un mal entendido con Ignacio ella me buscaba para hacerme daño a mí. Pero cuando la vi me enamoré inmediatamente de ella. Yo no tenía dinero, había vuelto a vivir con mis padres. Mi hermano pequeño quería cuidar de mí y por eso se fue a ver si podía hablar con esa chica, pero antes de que él la encontrara a ella la encontré yo. La llevaba en brazos por la calle, estaba enamorado. Me miraba en sus ojos azules, escuchaba su dulcísima voz. Luego ella me quitaba los vaqueros desabrochándome el cinturón, me sentía muy excitado. Pero seguía sintiendo que ella era mi enemiga, que podía jugármela en cualquier momento. Pero me había enamorado de ella. Estaba perdido. Estaba feliz de haberme enamorado de ella. 

LA MUJER DEL BILLAR AUTOMÁTICO

Domingo, 7 de septiembre de 2008

LA MUJER DEL BILLAR AUTOMÁTICO 

 

Recelaba de mí mismo, era una antigua pesadilla. Me desprendí de mi caparazón de plástico que tanto me pesaba, ese que sentía que no me dejaba pensar. Controlaba las calles, sus pasadizos y misterios. Cada cuarto de hora fumaba un cigarrillo, la nicotina estaba en mi mente y hacía que pensara más rápido. Me deslicé como un insecto por una galería hasta el bar más cercano, en la máquina de billar automático había una pasión rubia y yo siempre había preferido a las morenas. Ya me disponía a ignorarla cuando me preguntó si quería echar una partida al billar automático. Echamos una moneda y la máquina se puso a jugar sin nosotros mientras nosotros pensábamos las jugadas. Ella era una belleza ruda e indescriptible, me dijo que se llamaba Gracia. A las dos horas estábamos bailando agarrados, yo la agarraba a ella de la cintura y la frotaba contra mi cuerpo. La máquina ya pensaba las jugadas por nosotros y jugaba sola. Deslicé mi mano hacia su rodilla y la sentí tibia y dura, era toda una experiencia. Me gustaba rozarme contra su cuerpo. Había una extraña perfección en todo lo que hacía. Miré en sus ojos el reflejo de un colibrí y ella abrió una mano donde tenía una mariposa. Dije algo sobre una herida de mi cuerpo que ya no me dolía y que era mentira, no resultó. Salimos a la calle y estaba lloviendo en la India pero como no estábamos en la India no nos mojamos. Era un encuentro perfecto y yo sentía que el Dios del cosmos me daría todo lo disponible para sobrevivir y que nunca tendría que preocuparme por nada. Vivía con una total despreocupación porque era algo que había aprendido de mis antepasados que nunca vivieron angustiados. Ella me besó la mejilla y parecía simplemente dispuesta a que la diera otro beso más. Levanté mi mano y la posé en su cabeza, sentí el calor de su pelo al instante. Había conocido lo que era el amor muchas veces pero por esa mujer yo sentía cosas nuevas. 

LA MUJER DEL BAR

Domingo, 7 de septiembre de 2008

                                  
 

                                         LA MUJER DEL BAR
 

La mujer tenía dos hileras de dientes perfectos pero muy amarillos por la nicotina. Tenía todos los vicios, no sólo era cocainómana sino también nicotinomániaca. Prendía un cigarrillo tras otro, tenía una absoluta obsesión por fumar. Apuraba una cerveza tras otra como si no tuviera fondo y yo me preguntaba cuál sería la fuente de su infelicidad que tanto la torturaba. Más que pensar parecía que recordase. Llevaba un vestido negro muy ceñido que resaltaba unos pechos pequeños y redondos. Era en exceso delgada y había en su rostro una expresión de sufrimiento que la marcaba. Morena de pelo y de ojos tenía unas cejas finas y perfiladas que le daban al conjunto de su cara un espíritu pensativo. Yo me senté a su lado pero noté que su presencia no hacía compañía, era como si no tuviera presencia o como si no estuviera allí.

La seguí por la calle, se dirigió al mercado y compró pescado. Me ofrecí a llevarla las bolsas.

–¿Por qué me quieres llevar las bolsas? ¿Estás loco? No te conozco de nada.

Yo la dije que sentía que la conocía de toda la vida y que quizás hubiéramos sido amantes en otra vida. Ella me dijo que como no me fuera inmediatamente iba a llamar a la policía.

Yo practicaba por aquella época la magia psicotrónica, así que decidí dominarla mentalmente. Me puse detrás de ella y la mandé ondas mentales de dominio ódico.

–Enamórate de mí, enamórate de mí.

Volvió su rostro hacia mí con un odio intenso.

–¿Qué clase de pirado eres tú que me sigues a todas partes?

Me di la vuelta como si nada y al rato la vi hablar con un policía y señalarme con el dedo.

–Usted—me dijo el policía–¿Está molestando a esta señorita?

Yo puse cara de bueno, miré fijamente a la mujer que seguía que estaba al lado del policía y musité.

–Estoy completamente enamorado de ti.

Mi frase surtió efecto. La mujer pareció apiadarse de mí. Le dijo al policía que me dejara marchar. Sentí el irrefrenable deseo de tratarla de usted como en las películas antiguas.

–La amo—le dije y una lágrima oportuna acudió a mi ojo derecho.

La mujer pensó algo un momento. Algo que yo nunca acertaré a descifrar mientras viva. Quién sabe lo que piensan las mujeres cuando les da por pensar algo de lo que uno no tiene la más absoluta idea.

–¿Qué vamos a hacer contigo?—me dijo sonriendo.

Entonces aproveché para romper a llorar, cogí su mano aunque estuviera ocupada por las bolsas y con gran esfuerzo la levanté hasta mi cara y allí la mojé con mis lágrimas.

–No me dejé—insistía–¡La amo! ¡La amo! ¡ La amo tanto!

Entonces la mujer dijo:

–Salgamos a la calle. Me llamo Marta.

–Yo me llamó José—dije entre lágrimas–, José Imaginación.

–¡Qué nombre más curioso! ¿Es un apodo?

Entonces yo la mandé ondas mentales a su cerebro ordenándola que se enamorase perdidamente de mí.

–¿Por qué me miras así? ¡Qué raro eres!

En ese momento pensé que la única forma que tenía de conquistarla era darle cierto misterio al asunto, ya habíamos salido a la calle y caminábamos juntos hacia algún lugar.

–Usted tiene un gran destino—le dije–, un destino que le tiene reservado el…¡el destino!

La mujer me miró horrorizada.

–No me trates de usted, queda un poco cursi. Además no debo ser mucho más mayor que tú…¿Cuántos años tienes?

–Treinta y seis

–¡Dios mío! ¿Qué has hecho con tu vida? ¿Cómo estás tan avejentado?

Yo volví a llorar de nuevo.

–¡Me tienen que tocar a mí todos los retrasados!—se lamentó la mujer–, mira ¿Tienes algo de dinero para invitarme a una copa? Voy un momento a casa y me esperas en el bar de aquí al lado ¿De acuerdo?

Yo sabía que no iba a volver a verla en la vida pero dejé de llorar.

–De acuerdo—dije.

La mujer se alejó con paso presuroso, con una mano me señalaba el bar donde supuestamente tenía que esperarla.

Entré en el bar y me pedí una copa. Mi energía ódica no había funcionado. Empecé a pensar por qué creía que aquella mujer era cocainómana si no la conocía de nada pero a los cinco minutos empecé a pensar que ella tenía anemia o hepatitis y que era mucho mejor no haber intimado con ella.