Archivo de agosto de 2011

EL ENIGMA QUE NO SE DISFRUTÓ

Jueves, 4 de agosto de 2011

EL ENIGMA QUE NO SE DISFRUTÓ

 

Ella, su primera mujer, hizo una tortilla y al día siguiente cocinó conejo en salsa, pero él, su tercer marido, tenía el alma inquieta a diez días de la supercopa.

lla, su primera mujer, hizo una tortilla y al día siguiente cocinó conejo en salsa, pero él, su tercer marido, tenía el alma inquieta a diez días de la supercopa.

Él, Alonso Fortes, había trabajado de palista en una obra antes de que el sistema económico quebrara. Ella, Eloisa de Ros, trabajó en una mercería veinte años pero ahora se había quedado en paro.

Ambos vivían de la caridad, con egos muy sensibles, con la hipoteca pagada por un familiar lejano para que el banco no les desahuciara y subsistiendo con comida del banco de alimentos.

Alonso chupaba de la conexión a Internet de un vecino y pasaba las horas buscando noticias y profecías sobre el fin del mundo, como el fin del mundo ya había llegado para él, deseaba mezquinamente que le llegara a todos los seres vivos. Su mujer, en cambio, se entretenía leyendo novelas de Muñoz Molina y de Andrés Newman. Su mujer estaba haciéndose más culta pero al mismo tiempo estaba menos informada.

–¿Sabes una cosa?–le comentaba Alonso a su mujer–. En el 2012 tendremos un terremoto cada veinte minutos y al final una gran ola barrerá todas las costas del mundo y morirán millones de personas, además se va a estrellar un meteorito contra la tierra y va a empezar la tercera guerra mundial…

–Ay, Alonso–le recriminaba su mujer–, serías más feliz leyendo poesía oriental y viendo películas de Woody Alen.

En medio de todo eso la casa de al lado estaba haciendo obras y una grúa proyectaba su sombra sobre el matrimonio de una manera siniestra, unos días comían macarrones otros puré de patatas.

A veces sonaba el timbre y cuando iban a abrir no había nadie, otras veces la habitación de los niños que ya no se utilizaba olía a gato pero no había ningún gato.

La televisión decía que el sesenta por ciento de los españoles no ingería suficientes líquidos, pero del fin del mundo no decía nada.

–Las iglesias están vacías pero las mezquitas están llenas, pagaremos caro los españoles haber renegado de nuestra fe…

–Alonso, no te pongas en plan fascista. La gente vive su fe a su manera y no necesita ir a la iglesia… todos estamos bautizados y nadie niega a Cristo…

–No sé, no sé…

–Pero si hasta los ministros socialistas hacen gala de ser católicos, nadie va a la iglesia porque es un coñazo y punto…

–Y porque se está mejor en el bar…

–Tú también estás mejor en el bar así que no seas hipócrita, que te quejas de que la gente no va a misa y tú no pisas una iglesia ni harto de grifa…

La noche llegó temprano en aquel extraño mes de marzo, poco a poco el matrimonio fue quedándose a oscuras, al rato encendieron unas velas. No consumían luz eléctrica, cocinaban con un infiernillo.

–Te propongo algo–dijo Alonso–, apaguemos las velas también… así ahorraremos más, cómo estamos los dos sentados en el sofá no pasará nada porque estemos a oscuras…

El matrimonio se quedó a oscuras.

A fuera se escuchaba el murmullo del tráfico, el tiempo no terminaba de estabilizarse.

De repente se escuchó un ruido cerca de la puerta…

–Yo creo que ha entrado alguien–dijo Eloisa.

–¿Y qué nos van a robar, si no tenemos casi nada de valor…?

–La tele, las joyas de mi madre…

–Las joyas de tu madre no valen nada…

–¿Qué habrá sido de tu sobrino, el pequeño Jonasín? ¿Seguirá haciendo el cerdo por las playas de España?

Cuando Alonso se metía con la madre de Eloisa, ésta le recordaba las desventuras de su sobrino, el pequeño Jonasín, que era la vergüenza de la familia.

–Mi sobrino era un pervertido en el 2004, pero ahora es todo un hombre… Todo un hombre sensato… Se ha dado cuenta de que no podía hacer las cosas cómo si tuviera dieciséis años…¿Y sabes lo que ha hecho? Pues lleva un horario de trabajo a rajatabla en su cuaderno y la actividad le hace no pensar en maldades…

–¡ Calla, que estoy oyendo pasos, pasos, pasos…!

–No te repitas, histérica…

–Fúmate un cigarro al menos, para que haya un poco de luz..

Alonso tanteó y se puso un cigarro en la boca…

–Gracias.

–¿Por qué me das las gracias, Alonso?

–Por darme fuego.

–Yo no te he dado fuego..

–Ay, Alonso…que aquí hay alguien. Enciende las velas.

–Dónde está el mechero.

Las velas se encendieron solas.

El matrimonio salió corriendo de la casa dando gritos… bajaban las escaleras de cuatro en cuatro escalones…

–¿Has cogido las llaves, por lo menos?

–Las tengo aquí…

–¿Y ahora que hacemos, Alonso?

–Vamos a Sol a acamparnos con los indignados, mi sobrino tiene una tienda de campaña…

–¿El pequeño Jonasín? ¡Ni loca!

–Vale, vete a casa de tu madre. Yo voy a la policía. Todavía no es tarde.

–La policía está toda la noche.

–Es verdad…¿Tienes dinero para un taxi?

–Prefiero ir andando.

–Adiós, dame un beso. Ten cuidado.

Alonso tenía algo de dinero para el metro, la comisaría más cercana estaba a dos paradas.

–Yo tenía un negocio de maquinaría agrícola y cuatrocientos empleados… la crisis se lo llevo todo… pero míreme… Voy vestido con ropa y he nacido desnudo.

Alonso no sabía si seguir escuchando aquel hombre que o estaba loco o era un santo…

–Desnudo vine y desnudo me iré…

Alonso asentía con fastidio a su compañero de asiento del metro, cómo tenía sus propios problemas no le apetecía escuchar los problemas de otros…

El hombre finalmente empezó a contar su quiebra a una señora que llevaba un sombrero amarillo y colorete rosa en la cara.

–Y desnudo me iré…

Eso fue lo último que escuchó Alonso antes de que se abrieran las puertas, sobre los tiestos de la salida unas moscas negras ponían sus huevos.

Al doblar por la calle Caridad, Alonso se dio cuenta de que le estaban siguiendo. De repente tuvo la intuición de que su vida estaba en peligro…¿Pero qué había hecho mal? ¿Tenía enemigos? Había sido actor de teatro antes de trabajar en la obra y sus personajes siempre encarnaban la honradez y la honestidad, era ese su perfil. Y de joven compaginó sus estudios con la venta de prensa a domicilio, una vez hizo enfadar a un viejo pero era porque le dijo que le parecía irresistible…¿Podría ser ese conflicto de hace cuarenta años lo que le había llevado a la situación en la que se encontraba? Era completamente absurdo pensar en ello, pero no podía evitarlo. Todo eso se debía al miedo. El miedo cuida la viña, dicen. Y él había cuidado la suya.

–Piensa en tu inmaculado pasado–dijo la voz del hombre que le seguía.

Alonso quedó paralizado de terror, le estaban haciendo esto porque él había sido siempre un hombre bueno y trabajador, estaba en el punto de mira de alguna secta criminal que no soportaba a la gente bondadosa y sencilla… También pudiera ser que todo fuera fruto de su imaginación pues cuando miró al frente sólo encontró en la línea del horizonte el sombrero amarillo de la señora del colorete rosa.

Entonces Alonso supo lo que le estaba pasando, un cáncer se extendía por su cuerpo.