Archivo de diciembre de 2010

¿DÓNDE ESTÁ EL HORIZONTE SALVAJE DE LOS SUEÑOS?

Jueves, 16 de diciembre de 2010

¿Dónde está el horizonte salvaje de los sueños,

limaduras atroces de las viejas comparsas

donde el inaguantable se mezcla con las voces

y la vida te enseña su oxidada guadaña?

Labios que desear, vientres en celo

cucamonas de sal entre el guerrero asalto,

lágrimas que se caen como se caen las babas

y aromas que son mezcla de semen y tabaco.

Por lo demás vacío, solitario, estafado,

mullido por ideas que en el cerebro pasan

y una mano escapando del pesado trabajo

y la otra curando una vieja migraña.

EL MUNDO SONRIENTE

Jueves, 9 de diciembre de 2010

EL MUNDO SONRIENTE

 

De mis muchos años como médico no he aprendido gran cosa, tal vez que el mundo es complejo y que el hombre muere o que hay un destino igual para todos.

De mis muchos años como médico puedo destacar que acabé contrayendo matrimonio con una mujer guineana veinte años más joven que yo y a la que llamo cariñosamente Lazi. Lazi es robusta y bella, supersticiosa pero cabal. Llevamos quince años casados.

Lo que quiero contar me ocurrió una calurosa tarde de junio cuando mi mujer y yo estábamos instalados en un lujoso hotel de Namibia. Lazi había salido a hacer unas compras por las tiendas del hotel y yo acababa de desayunar y me encontraba cómodo dentro de un limpio albornoz blanco.

–Doctor—me dijo un hombrecillo rubio de ojos achinados–, su vida corre peligro, debe abandonar el hotel. Es un amigo el que le está avisando.

Cerré la puerta de golpe porque creí estar en presencia de un loco y opté por no decirle nada a mi mujer, cuando ella legó me comentó que estaba muy cansada y fue a echarse un rato. Yo interpreté mal el cansancio de mi mujer o sospeché de él, creía firmemente que ella me ocultaba algo. Me puse nervioso y escuché el tiempo en la radio, por si remitía el calor, luego fui hasta el mueble bar y me serví una copa de whiskey.

No sé cuántas copas tomé mientras mi mujer seguía durmiendo, me extrañó que descansara tanto. Finalmente y para despejarme me metí en la ducha y sentí que llamaban a la puerta y que mi mujer la abría y hablaba algo.

–¿Quién ha llamado a la puerta Lazi?—pregunté.

–Nadie ha llamado a la puerta, acabo de levantarme. Sería el sonido del televisor.

Pero el televisor estaba apagado.

–Lo acabo de apagar—me dijo–.¿Por qué no me pones una copa?

Y dio por zanjada la conversación, yo sospechaba pero por alguna razón no tenía miedo, tal vez fuera el alcohol lo que me daba valor.

Por la tarde mi mujer y yo fuimos al zoo de la ciudad, formaba parte del paquete turístico. A mi mujer le encantan las cebras, dice que son caballos pintados por niños. Esos comentarios son los que hacen que la quiera tanto. Por eso empecé a sufrir por ella: ¿Y si me pasaba algo? ¿En qué condiciones quedaría mi mujer? Nunca lo había pensado, ya no era tan joven, acababa de cumplir los cincuenta y tres años. Algo tenía que hacer. Pensar en ello me daba un tipo de fuerza que no sabría explicar en qué consistía, pero lo cierto es que venía de la sensación de que mi vida se volvía un poco más interesante aunque fuera de la manera más terrible.

A la mañana siguiente envié a mi mujer en avión a casa de unos amigos, aunque lloró mucho en nuestra despedida yo la dije que lo que estaba haciendo lo hacía por su bien, así estaban las cosas. Mis amigos vivían en Miskatonik y a Lazi siempre le había gustado la naturaleza y los ríos, sin saber bien por qué la imagen del río de Miskatonik ya la tenía grabada en la cabeza desde hacía tiempo y por la noche soñaba con ríos de fango que se volvían torrentes tempestuosos y mi mente se hacía una con el río que fluía en mis sueños y juzgaba el fango sin objetivo, sin criterio, como contemplado por los ojos de un niño. Sea como fuere me había quedado solo, si mi vida estaba amenazada por algo o por alguien pronto lo sabría, al menos mi mujer no correría la misma suerte.

Me quedé tres días encerrado en el hotel, hablando por teléfono con mi mujer y con el servicio de habitaciones, yo lo había decidido así, pero al ver que no sucedía nada y harto de emborrachare decidí volver a mi estudio del barrio de Manhatan en Nuevayork, en el trayecto seguí bebiendo los deliciosos oportos que me servía la azafata, beber calmaba mis nervios.

Cuando abrí la puerta de mi estudio sentí el aire viciado y enrarecido y una extraña energía que inundaba la habitación, aunque no soy un hombre miedoso he de reconocer que en aquel momento tuve miedo, dejé como puede mis maletas y me dirigí hacia el Maxims, un pub frecuentado por profesionales liberales y alegres divorciadas, quería relajarme. Recuerdo que estaba lloviendo en Nuevayork, era una lluvia fina que te dejaba helado, debía venir desde muy alto, desde algún lugar de la atmósfera donde siempre era invierno. Me subí los cuellos del gabán y de esa guisa entré en el Maxims, todas las mesas estaban ocupadas y bebí algo en la barra. Sin saber por qué di un paseo por el pub hasta descubrir unas cortinas negras que separaban el salón del pub de otro espacio, movido por la curiosidad descorrí las cortinas y me adentré con mi copa en la mano en un salón idéntico al que había dejado atrás. A los pocos segundos lo que vi me impactó muchísimo: se trataba del mismo salón que había dejado atrás, la gente era la misma, el camarero era el mismo, la decoración, la música de fondo, la ciudad tras los ventanales…todo era exactamente igual. A punto de desmayarme me acodé en la barra y entonces el camarero asiático me habló con voz profunda y misteriosa:

–Está usted en el mundo sonriente donde todo es igual a lo que existe pero no es lo que existe, pero sin embargo es igual…

Como vio que no reaccionaba el camarero siguió hablando:

–Cuando salga de este pub se encontrará con una ciudad igual que Nuevayork pero que no es Nuevayork, todo será igual: las personas serán igual, los coches serán igual, las calles serán igual…Todo será igual pero no será igual…

–¿Dónde estoy?—acerté a preguntar.

–Está usted en el mundo sonriente.

Instintivamente reculé como pude intentando encontrar las cortinas por las que había entrado, yo  ya no era un hombre joven y podía escuchar con fuerza latir mi corazón y mi respiración agitarse. Presa del pánico no encontré por ninguna parte la salida, estaba atrapado en el mundo sonriente, necesitaba respirar aire y salí del pub. La misma lluvia fina y helada, aparentemente todo era igual, todo era lo mismo. Ya había anochecido y una luna blanca y brillante iluminaba el asfalto mojado…Intenté comprender mi situación, pasearía unas horas por aquel mundo, volvería a mi casa y me tomaría una copa, intentaría dormir un rato o vería la tele…¿Cómo sería la tele en el mundo sonriente?….Después regresaría de día al pub e intentaría buscar la entrada al mundo real…No tuve valor de abrir la puerta de mi casa, pensaba que la extraña energía que me había recibido al venir de mi viaje todavía seguiría allí, opté por regresar a la calle y pasear y pasear hasta que se hiciera de día, eso era lo mejor…Pensé muchas cosas, era casi como un delirio. Llegué a pensar que el mundo sonriente no era más que el sueño de un maestro ocultista que tenía un blog con el mismo nombre y que ese maestro ocultista estaba soñando que era un médico entrado en la cincuentena atrapado en el mundo sonriente de la ciudad de Nuevayork…¿Pero por qué la ciudad de Nuevayork? ¿Qué destino podría esperarle a esta ciudad? ¿Cuál sería el mensaje que tendría que recibir el maestro ocultista con blog del mismo nombre? No lo sabía, pero sabía que la ciudad de Nuevayork era la clave, quizás aquí cambiaría para siempre el destino de la humanidad. Pasara lo que pasara yo no lo sabía. Seguí caminando por la ciudad, mis pasos me llevaron a la casa de una joven enfermera, Martha, que hacía muchos años había trabajado conmigo y yo nunca la había olvidado. Pensé en subir a su casa e intentar hacer el amor con ella, al fin y al cabo se trataba de una Martha del mundo sonriente, no era una Martha real. Hiciera lo que hiciera con ella lo haría en el mundo de la ilusión y a la verdadera Martha nunca podría afectarle. Me salieron unos prejuicios un poco raros, yo era un hombre casado…entonces me di cuenta de que el mundo sonriente me proporcionaba algo que no me daba el mundo real: libertad de acción sin límites. Aquí podría experimentar a mis anchas la vida que quería llevar, podía hacer realidad todos mis deseos sin consecuencias, podría robar, violar y matar sin consecuencias. No existía el juicio, no existía la crítica, todo era como un sueño, nada era verdadero…¿Pero estaba seguro de lo que estaba pensando? ¿Y si el mundo sonriente era el mundo real y el mundo verdadero una simple ilusión? ¿Y si eran estos pensamientos los que me dejarían atrapados en el mundo sonriente? Pensé también en ir a casa de mi padre y decirle al pobre viejo lo que realmente pensaba de él, en el mundo verdadero mi actitud le mataría pero en el mundo sonriente tal vez acabáramos tomando una copa juntos y hablando de mujeres. No podía saberlo. Tal vez el mundo sonriente existe por eso, tal vez es un mundo para hacer las cosas que no puedes hacer en el mundo real…¿Dónde vivía Scarlett Johansonn? Empezaba a elucubrar de una forma tan optimista que pensaba en aventurarme a comprar un poco de crack, al fin y al cabo no estaba en el mundo real, no me iba a hacer un adicto…¿O sí?

Seguí paseando inmerso en mis pensamientos, esperando que se hiciera de día. Todo parecía normal, a decir verdad ni siquiera  el tiempo era demasiado desapacible.

De repente vi una figura humana que descendía de un taxi, la figura se acercaba hacia mí andando decididamente, reconocí al instante a Lazi, mi mujer, pero había una expresión extraña en su cara, me resultaba desconocida. La llamé dos veces y no obtuve respuesta. Era ella y a la vez no era ella. Llevaba algo en la mano. Lo último que recuerdo cuando se abalanzó sobre mí es el brillo de la hoja de un cuchillo cortando mi garganta.