Archivo de abril de 2010

EL PRECIOSO NIÑO-SER

Miércoles, 21 de abril de 2010

 

 

EL PRECIOSO NIÑO—SER
 

 

 

–El hombre hueso con la costra de la piel bruja magma estaba expuesto en los bajos de un sueño, los hombres tenebrosos retenían los sueños de aquellos que dormían y los multiplicaban por el infinito. La mayoría de las veces era una experiencia estúpida, pero otras teníamos en cambio lo que tengo ante ustedes.
 

El conferenciante descorrió un panel en el que estaba dibujada una abominación:
 

–Como ven—prosiguió—todo lo que está escrito y era cierto también aparece reflejado aquí: las mandíbulas ignífugas, sus ojos perfectos y la mayoría de la osamenta mitad humana, mitad otra cosa…
 

–¿Mitad qué cosa?—preguntó el profesor.
 

–Probablemente—encogió su puntero—no lo sabremos…
 

Me sentí relajado. Todo mi esfuerzo había obtenido su fruto. Excepto en ocasiones especiales, el trabajo de documentador de la colonia me resultaba poco interesante. Esta era una de ellas, una criatura había aparecido y al parecer prematuramente. Según una determinada religión, todavía no se esperaba su descubrimiento. El caso era que estaba allí, que había aparecido y que nadie se atrevía a tocarlo. Sólo teníamos fotos.
 

–Estoy harto de este hombre y de sus muertos vivientes—me dijo la acompañante que me había asignado mi departamento–¿Es que no tenemos suficientes desgracias en este sector del planeta?
 

Comprendí que mi acompañante no había entendido nada, pero no había nada que entender: una raza alienígena había creado una criatura que se había creado a sí misma, después adoptó una forma humana y después fue la de la raza de seres cuya forma tomó los que adoptaron la suya, para acabar el último resultado no era el definitivo, parecía que se había creado en una especie de perfecta atracción un individuo capaz de ser aquello que la comunidad deseaba, por eso los únicos datos de los que disponía El Consejo eran extraños, hablaban de culturas arcaicas cuyas exégesis eran las únicas válidas por provenir de una mentalidad mitológica, pues lo más extraordinario de aquella criatura era no poder ser entendida por la razón.
 

–Se trata del mito en estado puro—me dijo mi compañera moviendo su tercer ojo color violeta—, ésto tenía que ocurrir.
 

 

Ranxa no me inspiraba confianza pero era inteligente. Se había añadido un tercer ojo color violeta que la otorgaba un aspecto ciclopéico y se había hecho modificar sus manos para que sus uñas acabasen en garras azules. Por lo demás tenía lo mismo que todas, extensiones mamarias garantizadas y cuadriceps con tejido muscular suplementario biónico que la otorgaba esa fuerza tractiva sobrehumana de la que gozan otras hembras de la confederación diseñadas genéticamente. Al menos Ranxa era una procreada-modificada-de origen humano, yo me negaba a trabajar con nadie que no hubiese sido procreado de forma natural, ni los androides, ni los clones, ni los hombres-artefacto me gustaban lo más mínimo. Debía tener unos noventa años y aparentaba veinte, se dejaba el sueldo en regenerar continuamente su tejido celular. Valía la pena, según ella el sentido de la vida consiste en vivir lo más posible para ver lo más posible; yo que había vivido para experimentar hubiera estado muerto ahora de no habérseme sustituido mis órganos internos por gas vivo inteligente que suplía mis necesidades corporales. El único órgano que conservaba intacto era mi cerebro y a fecha de hoy sigo sin saber por qué no realizo en él unas modificaciones que me permitan comunicarme con mentalistas, telépatas y seres de otras dimensiones. Supongo que porque en mí la cordura y el raciocinio provenían de una orgullosa naturaleza humana que no quería modificar en absoluto.
 

–Salgamos antes de que venga la prensa—le espeté a Ranxa.
 

Los pasillos se iban iluminando indicando la dirección que debíamos tomar, para otros los pasillos se iluminarían en otra dirección y marcarían otros recorridos. La superpoblación mundial y estelar había creado una obediencia perfecta a las directrices urbanísticas, los edificios inteligentes nos indicaban por dónde teníamos que ir con sólo leer nuestros códigos genéticos, de esa forma repartían las atmósferas necesarias según las especies, la presión y la densidad del aire. Salirse del camino marcado significaba la muerte, por eso una procreada nunca me traicionaría, compartíamos el mismo medio en el que podría subsistir con éxito nuestro organismo.
Sentía ganas de compartir mis teorías con cerebros con un grado de evolución similar al mío, cuando llegamos a la base de la colonia que se había implantado en el centro expositor mi sentí como en casa aunque estuviera muy lejos de mi planeta. Sólo entonces pude retomar mi conversación con Ranxa:
 

–Creo que se trata del mito en estado puro—dije en voz alta tratando de impresionar al miembro del Consejo destinado a la zona–, no creo que nos enfrentemos a una forma de vida sino a una forma de energía.
 

Un par de amigos fingieron aplaudir desde la pantalla holográfica de videoconferencia, me sentía arropado.
 

 

–Tal vez Lexter no ha querido darse cuenta—dijo un colega refiriéndose a mí con cierto desdén de desprecio—de que estamos hablando de una doncella-dios de capacidades ilimitadas… Pido por ello que se nos permita trabajar con los gunas o los otroruiba o con alguna raza supermental hiper-evolucionada.
 

–Que los factores escapen a nuestra capacidad de inteligencia humana, no significa que estén al alcance de otras inteligencias superiores—me defendió Ranxa–, más bien me inclino a pensar que estamos viviendo una revolución a escala cósmico-universal.
 

–Si tan seguros están de sus teorías—apuntó el miembro del Consejo—les ruego que investiguen in situ el lugar del fenómeno, el planeta Esfera fue creado con tecnología extraterrestre para los terrícolas cuando La Tierra se congeló tras el invierno nuclear y su atmósfera es respirable por ustedes, lo cual no les exime de seguir los recorridos marcados por los edificios inteligentes incluso en población. El monte Tbur ha sido elegido por la entidad superior de naturaleza incomprensible para el descomunal acontecimiento, confederaciones policiales de cinco galaxias tienen controlada la zona, confío que sus pases de documentadores les exoneren de  cualquier complicación. Buena suerte y buen viaje.
Acto seguido salieron por las terminales del ordenador de Ranxa y el mío unos billetes de viaje en cohete común retropropulsado por plasma y dos vales para una habitación doble en un digno hotel de la plataforma espacial expositora. Podía sentir la envidia de mis compañeros. Ranxa me guiñó su ojo color violeta y desde la terminal de conferencia holográfica mis amigos me hacían el signo de la victoria de las guerras wolfe en las que participaron.
 

–Espero en que el sistema de televisión satélite funcione—dijo Ranxa nada más quitarse el mono de protección ultravioleta—y que la parte reptiliana de tu cerebro humano que no quisiste modificar no me traiga disgustos esta noche.
 

Después Ranxa se río como intentando quitarle hierro al asunto, al mismo tiempo que yo me daba una ducha de isótopos mejoradores aderezada de haces de luz regenerativa, escuchaba a Ranxa conectar el programa lingüístico del aparato a alguna de las lenguas que conocíamos en la tierra.
 

–Parece que tuviera un collar—comentó de uno de los invitados al debate.
 

–Es un dispositivo en la garganta, como un botón que abriera algo.
 

–¿Seguro que estamos viendo una forma? Tal vez no sea más que un tipo de onda energética corpórea, un ente de plasma.
 

 

Ranxa volvió de nuevo a su paranoia:
 

–Parece que tuviera un collar.
 

Miré a aquel sujeto, a través de todas sus secuelas tenía unas piernas que parecían pelos metidos en sus botas. Contesté:
 

–No, pero es como si hablara con su cuello.
 

El fanatismo discursivo de aquel ser televisado me resultaba inquietante, parecía estar disfrutando de lo que era su momento…
 

–Paladea las simas más allá del dolor—dijo el ser de los pelos y el collar–, se encontraba abotargado pero consciente cuando lo encontramos—el extraño ser se toco un apéndice de su cara que debería ser un ojo–, lo trajimos enseguida con nosotros y a mitad de camino comenzó a nombrarnos por nuestro nombre y a decirnos cosas de nuestro pasado que ya habíamos olvidado. Cosas oscuras sin solución. Al alejarnos se volvió a una señora vestida de verde y le predijo su futuro. Le dieron un alto al suelo pero sus ojos se transformaron en un robot, sus pensamientos me sabían a sangre—el extraño ser se quedó un momento reflexionando–: a sangre.
 

Aquel tipo me pateaba los testículos, era un enorme boll de comida desechable lleno de grasa y se atrevía a emitir juicios en referencia a no sé qué tipo de valor atribuido a la raza de su inteligencia.
 

–¡Vaya a dónde voy no puedo evitar quién ser, pero que me aspen si comprendo a este engendro!—proferí.
 

–¡Ya volverás a ver tus nenas con el pelo azul!—gimió mi compañera poniendo voz de policía–¡Ay, qué cansado estás!
 

Y se tumbó sobre la cama. Me acerqué a mirar sus rizos, tenía siluetas, de cuando en cuando la naturaleza estilaba. La maleza de afuera se convertía en un chicle y ese mismo chicle se convertía en pasta y humo y después en materia, luego en una pálida vegetación y después en maleza.
 

–¿Te resulta extraño su mecanismo de evolución, verdad?—me dijo ella desperezándose echada–¿Qué harías tú si no pudieras sobrevivir de otra forma?
 

 

Me acongojé pensando que estábamos sobre un planeta que no era un ente vivo sino una forma holográfica aleatoria cuya dimensionalidad hacía el instrumento de la diversión de una criatura nanogenética de primer orden, implantada en nuestro cerebro como las drogas RND, y que variaba junto a un programa exterior la hediondez de unos planetas por su especie diseñados y que eran mortales de necesidad para nuestros sentidos. El resultado es como decorar un excremento con un sprai de purpurina. Yo siempre he dicho que con las llamas se hizo el dolor, pero aquellos rojos escaparates no se me hacían soportables, volví a mirar hacia el televisor. El siguiente elemento tenía una corona de energía como una boina de salchichas mirando para su cabeza. El resto del fulano un poco más que eso: dos pares excelentes de extremidades y unas ojivas en sus mejillas de las que parecían sobresalir unos látigos. Al parecer los mekenianos se enzarzaban con ellos para hacer el amor ¿Pero qué se puede esperar de una especie parásita?
 

–Chupa tela—dijo mi compañera desenchufando el aparato–, y tenemos que recuperar la calefacción.
 

A través de los siglos la energía ha sido siempre la misma y a través de los siglos los caseros se han encargado de economizarla, y en un hotel de las estrellas no va a ser menos, la energía de la onda del láser no es asequible y sin embargo debajo del lavabo había un cartel con una luz verde que se iluminaba poniendo “Gracias compañero” sólo cuando conseguías orinar en el centro de la taza. Todo formaba parte del tejido de un mundo paranoico que había traído el siglo XXI y que heredamos de aquel entonces, ahora todo es un contubernio de luces alumbrando las fosas nasales en busca de simplezas sin precedentes como nugas sin casa, exiliados mifonditas y demás micromundos  de seres de universo milimétrico pero que con la globalización mundial de las comunicaciones intergalácticas podrían ser enemigos del sistema capaces de propagar la peste nuclear sobre cualquier estrella. Imagina un Estado Terrorista en medio de tu sucia nariz, incluso dentro de ella. ¡Y decían que de cerca eran bellos con ojos de antílope y sin embargo tenían tecnología que les llevó a hacerse tan pequeños que yo no los vi nunca! Los nugas eran un pueblo sin evolucionar cuando llegamos hasta ellos, pero adquirieron rápidamente conocimientos de nuestra tecnología y a hacerse invisibles, pero no inexistentes. Cuando en las guerras wolfe quisimos destruirlos no los hallamos nunca, pero estaban allí, en un grano de arroz. ¡Y nosotros creyendo que imitarían nuestros conocimientos de parar las balas con los dientes! Desde luego para mí está muy claro que el planeta Radón les ayudó con su gel estupidizante que pusieran en las pastas de dientes, no podíamos dejar de sonreír y de darnos la mano en el despacho de la ONU pero con las encías dolidas porque la pasta era adictiva y con la idea alterada de que un pueblo que no está dispuesto a matarse entre sí está dispuesto a luchar contra los otros. Todos llevamos con nosotros al enemigo, somos nosotros. Cuando trabajaba para una empresa privada, los últimos cuervos vivos de los que disponía la humanidad golpeaban con sus picos el cristal de mi ventana, pájaros cuyas alas vistió la muerte me hacían recordar que probablemente mi abuelo había sido el último niño en conocer a un hombre sordo. Admiraba esa época en la que la vejez existía y la carga de años descomponía poco a poco las capacidades del cuerpo, ahora, la vejez era un tema recurrente de las películas y la literatura e incluso existen drogas que han sido creadas con el objeto de reproducir los achaques de la vejez y aunque una vez probé una y sólo conseguí chochear, lo cierto era que mi generación y yo sentíamos curiosidad por experimentar la decadencia y la decriptud más que otra cosa y las que nos siguieron no hicieron sino disparar su curiosidad. Llegó un verano en el que los simuladores de vejez se vendieron tanto como los de sexo y sensaciones intrauterinas, aquellos días yo no tenía vacaciones y ahora me siento como si las hubiera recuperado. Quizá el hotel de las estrellas proporcionado para mi trabajo con la colonia fuese las primeras vacaciones importantes de mi vida.
Me sentía feliz con estos pensamientos y mi felicidad fue total cuando miré a mi compañera dormir con los hombros desnudos entre flores tristes y muertas, parecía un juguete que alguien hubiera guardado en un lugar silencioso.
Me puse un antifaz para leer sus pesadillas, mi única droga era mirar en el interior de la mente de las mujeres, sus especiales desvelos oníricos durante el sueño. Al fin y al cabo el antifaz se activaba con una frecuencia de sueño adecuada. Cerré los ojos para ver su sueño. Estaba en un lugar en que era limpia y transparente, su piel brillaba como el filo de un cuchillo afilado, había agua dentro de ella y alrededor, por un momento me pareció serena y dulce. Sus ojos se reproducían en un cristal miles de veces. Dicen que los gemidos de placer y dolor son parecidos pero una mancha de sonido hacía desaparecer las emisiones de voz de su boca, sólo la recuerdo abriéndose en la luz para luego caer en la oscuridad y ver brillar sus ojos una y mil veces reproducidos, quizás un sentimiento de culpa inexpresable por haberse injertado el ojo frontal color violeta, pero ese no era su color, creí reconocer el gris de mis propios ojos y su forma… ¡Sí, eran mis propios ojos observándome! Ella sabía que yo tenía conectado el dispositivo para entrar en sus sueños.
 

–Yo también fui adulta—dijo Ramxa arrancándome el antifaz–, antes de volver a ser una niña traviesa que comprende tu indiscreción.
 

Entonces me sentí perdonado, pero había sido demasiado curioso y eso me pesaba:
 

–Lo siento—dije.
 

Nunca he besado los pétalos de una flor, no he sido un tipo sensiblero, pero la intimidad a la que me había dado acceso sólo podía significar que me apreciaba, hasta entonces había envidiado la ilusión en los hombres, desde aquel día comprendí que la gente encuentra sus motivos, motivos para avanzar o para seguir estando como está, pero motivos.
 

–Quiero que veas esto, es un cuerpo sin figura—mi compañera se puso en pie delante de mi vista—, y esto es lo único que tengo—dijo haciendo el gesto de abrirse la cabeza en dos como si fuera un naranja–. Y ahora no quiero volver a verte jamás en mi mente cuando sueño.
 

–No te preocupes—la calmé.
 

Luego se hizo el silencio y volvimos cada uno a nuestra cama, tranquilos y sabios, ilesos de la batalla del amor.
Al día siguiente tenía tan mal aspecto que le pareció que me había quedado dormido con la ropa puesta:
 

–Buenos días, lector de sueños.
 

–¿Te encuentras preparada para el viaje?
 

–Quisiera que fuera como tiene que ser.
 

El viaje transcurrió con normalidad, el hiperespacio es fácil de alcanzar a velocidad de la luz. Las manifestaciones a favor del ente encontrado se sucedían sin cesar, a un nivel galáctico se había interpretado su aparición como una señal de algo. Decían que su presencia iba a parar todas las guerras, otros decían que vendría a traerlas, otros que su llegada era un acto de amor, otros que sólo supondría desgracias. Yo no opinaba nada, me sentía receloso. Tenía miedo de que mis prejuicios por lo sucedido pudieran interpretarse como una exquisitez de mi carácter, mi inteligencia no era tan refinada como para no poder necesitar  expresar lo que siento.
 

El caos se extendía, las sirenas de vehículos policiales y la maquinaria pesada de diversos ejércitos se encontraban allí, la zona más que protegida estaba custodiada, el monte Tbur era una ciudadela inexpugnable. Miles de personas de todas las creencias, razas y planetas se habían dado cita allí. La ostentación de los enviados oficiales y la prensa contrastaba con la penuria de los peregrinos y monjes de todas las estrellas. En el aeródromo era difícil rechazar los papeles de información, publicidad, y propaganda política que caían en tus manos por medio de infinidad de repartidores y emisarios, ya en la zona álgida el flujo de estas gentes había descendido, quizás producto del orden militar.
 

–Vamos allá—me animó mi compañera.
 

Cuando llegué a la zona pensé que todos deberíamos ir tocándonos la cara, ir contagiados de algún virus mental, sentir la necesidad de percibir nuestro propio cuerpo, su respiración sigilosa. Pensaba en ello inconscientemente porque había leído en una octavilla “Una extraña enfermedad viene para morir” Yo no sabía que mi compañera ya estaría al corriente, además ambos llevábamos nuestras cámaras conectadas en la pupila, todo lo que veíamos y pensábamos se almacenaba en una base de datos a miles de millones de años luz.
Decidimos preguntar a un agente.
 

El policía se hacía un lío para tratarnos de usted y explicarnos lo sucedido:
 

–Los primeros que llegaron iban armados con subfusiles y armas con elementos tóxicos, luego vinieron los hombres de la ciencia dando coordenadas y enfundados en plásticos. Les estábamos esperando a vosotros pero como pueden ver la situación no está controlada.
 

El policía desplegó sus brazos para seguir dando órdenes pero ya estábamos lejos del ángulo de su visión, el planeta debería tener alguna estructura suprainteligente que permitía a los miembros de nuestra comunidad identificarse entre sí o al menos identificarnos a nosotros. Los seres vivos recién llegados se mostraban como tocados por una luz especial, nos fijamos en un grupo que parecía estar efectuando una extraña danza.
Nos quedamos un tiempo como hipnotizados con su arte que tenía el don de transferirse a los más cercanos.
Habían llegado a impresionarnos, todos a su alrededor se movían deslizándose como mágicamente o de espaldas, todos tenían un sistema perfecto de actuación, una excusa brillante casi todo el tiempo pero nada había sobrevivido, el planeta era un solar desierto horadado por máquinas. Nos dirigimos hacia un lugar más recogido, un extraño surtidor de alguna substancia desconocida proveía de elementos vitales a un grupo extraterrestre que no me era del todo ajeno a mí, quizás ya habíamos coincidido en otras misiones. Una vez activado el sistema de traducción conseguimos establecer contacto. El que parecía tener más edad se dirigió a nosotros mientras libaba ese extraño elemento:
 

–Creo que dijeron de ella que era una preciosa niña con las medias azules y que su pelo era como del color de la luna y sus ojos eran como dos luceros plateados, estaba quieto y sonreía en su sueño de mil años.
 

A nuestro paso las impresiones sobre la venida del extraño ser se fueron sucediendo en una cascada de informaciones a cuál más subjetiva:
 

–Era un ser proveniente de un espejo, era el ser que ocupa los espejos cuando nosotros no estamos ahí para reflejarnos
 

–Era un niño y era otra cosa pero era bella y la otra cosa era eterna y el niño no tenía años.
 

–Los que lo habían visto se apiñaban en torno a nosotros, casi todos habían regresado con él, lo llevaban consigo pero no pudimos verlo, había muchos y cada uno tenía el suyo y él estaba con todos.
 

–Era la reina vegetal y la rosa sonámbula, era el cadáver de un dios extinguido, era el representante de una raza de seres de alas membranosas…
 

Cada vez más confundidos, Ranxa y yo nos acercamos a la ladera del monte Tbur, jamás habíamos visto nada igual. Una estatua enorme y recubierta de vivos colores se erigía majestuosa mirándonos, luego una construcción similar a la de los jardines colgantes de Semiranchs en el reinado de Nabucodonosor. Era como estar en el centro romántico de la Babilonia del dos mil quinientos antes de Cristo con sus almenas y torreones, como asistir al milagro ocurrido en la vieja Mesopotamia terrícola en el año dos mil cuatro de nuestra era. Creí desfallecer. Un eminente científico estaba siendo entrevistado por un grupo de periodistas y nos confundimos con la multitud que curioseaba:
 

–Ya hace mucho que el mito étnico ha vencido a la responsabilidad democrática, esto es un paso más, el mito se materializa, se coorporiza y emerge de la conciencia inconsciente al flujo racional de la ciudadanía.
 

El hombre barbado era medio artefacto y medio mentalista, pero de origen humano-modificado. Muy listo, me recordaba a las voces que nos avisaron en La Tierra de que la Tercera Guerra Mundial vendría propiciada por intelectuales que apoyarían los nacionalismos terroristas más fanáticos desde sus cátedras.
Alguien le pasó una foto tamaño enorme con algo indescriptible.
El científico dio esta imagen a la prensa.
 

–¿Entonces usted creé que lo que todos vemos no existe?—le preguntaron con admiración incrédula unos viejos androides deteriorados de una cadena privada.
 

–Es muy posible… Puede que todo lo que esté sucediendo lo hayamos creado nosotros, podría tratarse de un caso de histeria colectiva ¡El espíritu y la razón no van juntos! ¡El papel de la ciencia va a un lugar determinado!
 

Uno de los androides periodistas se dirigió a un curioso:
 

–Este falso mortal, cuyos tejidos se están empezando a descomponer vivió en la isla del cielo y se cegó esperando—el periodista señaló a un hombre con los ojos saltados de sus órbitas—sin embargo la afluencia de peregrinos al lugar es incesante, lo que están pisando mis manos es maná, camino a cuatro patas sobre esta superficie sagrada ¿Usted que opina de todo esto?—el periodista se puso en pie.
 

–Soy una máscara, ciudadano. Hasta entonces había creído en valores, ahora creo en creer, mi mente—apartó un dispositivo del interior de su cráneo—está estigmatizada, pero yo voy a ser un punto de encuentro.
 

–¿Con quién?
 

–¡Por qué!—respondió la máscara–¡La pregunta es por qué!
 

Pasaron a dirigirse a cámara y presentar su nueva emisión:
 

–Hoy en “Soñar con el jamón preparado para abrirles” un programa de la extensión desconocida y el absurdo, nos ayudaremos a abrir nuestra mente a los seres superiores que gobiernan los otros universos mientras nosotros hacemos régimen
 

Me aparté de las cámaras de la TV, no creía que el ayuno nos llevara al misticismo aunque sociedades enteras lo practican, argollas de piedra colgaban de la escalera de torreón. Me quedé mirando la materia que las conformaba.
 

–Están hechas de odio—me dijo un peregrino–, como debía de haber sido el alma de los hombres, pero no resistirán los envites de una multitud furibunda.
 

El peregrino señaló hacia el ocaso, donde empezaba a aglomerarse una turba mugrienta y multicolor de cabezas parlantes y piernas que caminan. Algunos hacían sonar a lo lejos extraños instrumentos, la cháchara se convirtió en un bramido de indignación, el fin del mundo parecía ésto y  ninguno de los seres se miraba con la alegría de entrever un nuevo comienzo.
Comprendí que estábamos condenados.

ESE HOMBRE

Lunes, 12 de abril de 2010


  

Las estrategias de la mente para abrirnos las venas del odio y supurar en ellas rencor y apatía, deslizándonos como sombras por los restos del alma cercenada y dolida que sigue existiendo después de muerta y todo ello en medio de la hecatombe y el genocidio y de los campos de concentración que van a llegar a existir. Masas aborregadas de televidentes cuya gloria es salir algún día en la televisión pero con calcetines de los chinos y gafas de Afeliu. Miedo que se proyecta en el miedo, manchas de humedad en las paredes, la lluvia que no cesa interminablemente cayendo sobre las fontanelas no cerradas y las tiernas molleras. Pero existe un hombre que escribe para vomitar sobre todo ello y ese hombre es duro, genial y luchador. Ese hombre se ha hecho duro, genial y luchador con el tiempo y su objetivo es cada día ser más duro, más genial y más luchador. Por eso ese hombre tiene una libreta, en esa libreta apunta todo lo que hace. Es una libreta para apuntar sus actividades culturales, ese hombre quiere ser más culto y más inteligente y quiere hacer cosas. Pero la lucha de ese hombre es contra la apatía, la depresión y el sentimiento de culpa.

Ese hombre predice terremotos y megatsunamis, predice el fin del capitalismo y la tercera guerra mundial. Ese hombre es un Mesías constipado que cruza en rojo los semáforos, pero ya no tiene miedo.

Ese hombre sabe que el final está cerca pero sigue escribiendo su novela, no le ve sentido a las cosas pero hace que su vida tenga un sentido.

Ese hombre navega mucho por Internet y a él no pueden engañarle pero porque es muy bueno todo el mundo quiere aprovecharse de él y pedirle cosas.

Ese hombre odia el trabajo y piensa que en esta vida habría que vivir sin trabajar y dedicarse sólo al arte y nada más que al arte.

Ese hombre no se aburre porque siempre tiene cosas que hacer pero su vida ya no tiene emoción, le suelen decir que disfrute más de la vida, de su salud, de la familia; pero él es un hombre que vive sin ilusión.

Ese hombre estuvo enamorado varias veces y cuando lo estuvo su vida fue interesante y tuvo un sentido, vivía para conquistar a la mujer amada y no hacía otra cosa. Ni siquiera estudiaba o trabajaba, sólo vivía para conquistar a la mujer que amaba y se olvidó de sí mismo y de crearse un futuro, ahora lo está pagando.

Pero luchar por la mujer que amaba le enseñó que la vida es luchar y aunque ahora no quiera luchar porque la vida en el mundo que se acaba es una vida sin esperanza, siempre dice “Bendito Dios” y por lo menos tiene con él su fe.

Ese hombre soñaba de niño con autobuses que volaban y tenía mucho corazón por eso sabe que hay gente que es muy buena y no ve sólo la maldad del mundo, sabe que hay gente que hace cosas por los demás y que no vive sólo para autosatisfacerse.

Ese hombre ve que cuando llega el fin de semana los jóvenes salen a la calle como ganado a emborracharse y a drogarse y a desperdiciar su vida, pero sabe que él era hace años como esos jóvenes y entonces se pregunta:

¿Qué es lo que hace que no seamos buenos los unos con los otros, que nos llenemos de soberbia y conciencia de superioridad y que veamos al prójimo como un instrumento de placer o un fin para conseguir nuestros objetivos?

¿Qué es lo que hace que no podamos soportar a la gente, que la gente nos enferme, que queramos incluso su aniquilación de tanto desprecio que nos causan las personas?
¿Qué es lo que hace que deseemos incluso el fin del mundo porque este mundo nos desagrada profundamente y busquemos siempre noticias en las que se nos diga que el fin está cerca y que todos vamos a morir pronto?

¿Qué nos lleva a escribir un texto como éste?