MICRORRELATO

 

ESPERANDO AL MESÍAS NO TE RÍAS
 

Cuando bajo la frente por el dolor el viejo sabio sabía que su sobrino preferido había abandonado el hábito de ser bueno y el de sacerdote. Las monjas de esta casa nos clavan, ya no volvemos a cenar aquí, dijo su tío con voz de trueno. El apóstata sobrino mojando los ochos caros de las hermanitas de los ricos en la sopa de ajo, años de la quiebra. A fuera un ambiente perfumado de rosas y cerdos, comida y fragancia. Las tapias tapiando que es lo suyo y las prostitutas esperando clientes al lado del viejo seminario. Un sacerdote alto con cara de grúa rompió en pedazos la carta de renuncia del sobrino y he aquí que él tío hizo lo mismo pero con la cara del sacerdote. Lo demás fue a escapar a la ciudad amurallada, donde no había pájaros ni ruidos. Nadie iba a confundirlos con lo que no eran bajo esa extraña apariencia. Las sirenas sonaban y el Ejército del Vientre de Ballena estaba cerca, se podían escuchar sus cuchicheos hasta en los servicios.

–Tio…¿Acaso podemos pedir más?

–A la vida.

–No. A la vida no.

Clarinetes mojados y vino clarete para pasar la tarde, tío y sobrino vestidos de ursulinas con cajas de cartón, con cajas destempladas.

–La niñez nos observa, hambre.

–Querrás decir la niñez nos observa, hombre.

–Eso, la niñez nos observa.

La dependienta con una mano muerta iba haciéndoles un hueco en sus agendas, tío y sobrino habían traído algunos libros desde algún lugar.

En el pajar sonaban las campanas, pero era extraño porque era un pajar sin pajas. Los sacerdotes no las permitían.

También era un pajar sin campanas como un amor sin campanillas.

–Qué viejo está el diablo, sobrino—dijo el diablo.

–Y qué poco sabe por viejo.

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