Archivo de abril de 2008

XILÓFAGOS EN EL TRÍPTICO

Miércoles, 30 de abril de 2008

Judas frotó contra Dalila

su organo copulador de sangre tóxica

y fue configurado de insconsciente manera

el diabólico parto,

 la concepción satánica que todos acallamos.

Fue el periodo larvario de las razas hambrientas

 de las lunas menguadas y las cruces

Devastadora creció la criatura.

Cada uno de nosotros la alentaba en su pecho sin saberlo.

Infancia, madurez y juventud

forman el tríptico

de podridas entrañas desde siempre.

Es absurdo hacerse el descreído

por haber vivido mucho o tener experiencia.

¿Fue elegante tu farsa

acostumbraste a todos a creerte

o fuiste tú también una mentira?

 ¿Qué ridículos cuentos en cofres de cristal has inventado

 para legarlos luego?

 Infancia, madurez y juventud forman el tríptico

 de podridas entrañas desde siempre.

 Mas sabed que el artista

también sufre el crojido de su obra creadora.

 Pero ignoremos los maxilares tensos del insecto.

El chico chulo gana la pesetaza

Martes, 29 de abril de 2008

No curado.

No herido.

No muerto.

El chico chulo gana la pesetaza.

No despierto.

No dormido.

No sueño.

El chico chulo gana la pesetaza.

Cada año era una bella mujer.

Mil novecientos setenta y tres era una increible morena de cuerpo escultural,

mil novecientos ochenta y cinco me enseñaba las bragas.

Y comprendí que en todos los años de mi vida habría una bella mujer,

las veía descolgarse de las paredes.

El chico chulo gana la pesetaza,

el chico chulo es fuerte.

sexo-máquina-sueño

Lunes, 28 de abril de 2008

Reentrada en el docto saber del ignorante meditabundo,

caderas perniciosas en la memoria, muslos de tinta, labios de girasol,

la vida monoplaza ibérica sentida.

A diez mil pies del suelo te recuerdo,

cosechadora de margaritas de cloro triste y estratagema,

tu amor en mí siempre permanecerá indemne y abstracto,

dará perfil a mis años de cazador de dinosaurios en líneas de la mano.

Sólo quiero decirte que siempre te querré,

incluso cuando nos borré el tiempo y la eternidad nos asista.

Un poema de amor debería decir te querré siempre

aunque ya no haya remedio.

Que el sufrimiento que siento me purifique.

Estas palabras están selladas con un beso,

mi pequeña niña perdida que no supe cuidar.

Recibeló

a diez mil pies de altura.

EL SENTIDO DE LA VIDA

Viernes, 25 de abril de 2008

No esas gárgolas como tuberías picadas en el baño que nos transforman en burbujas,

los bordes de un momento estrellado son nuestro orfanato,

las venas de las hojas son nuestras ciudades en cinta.

No esas voces del sueño de los mastines elásticos del bronce de los campanarios,

la enfermedad de vivir es el sentido segregado por la paroxiticina del cerebro,

la química orgánica detrás del nervio óptico que visualiza el mar.

No la pizarra vacía con las frases de un dios de los sentidos,

el soma de hormonas del que te alimentas es el maná de los futuros,

no vivas para la barriga ni vivas para tus centros genitales.

No el satori de los fuegos sobre la laca del excremento de la pasión,

el resultado del juego ganador,

el enigma de dios por fin resuelto y momificado.

LA GARGANTA QUEBRADA DEL DIOS DE LOS SALVAJES

Jueves, 24 de abril de 2008

LA GARGANTA QUEBRADA DEL DIOS DE LOS SALVAJES

Los finales agotan y embotan la mente,

los cuerpos que se mecen en la vida, las entrañas de la tierra se abren,

la seducción de los planetas,

la máquina mental que llega.

Afuera el resplandor de la máscara,

afuera la garganta quebrada del dios de los salvajes,

la ciudad que fue cuna del ángel.

He visto la plataforma donde bailan los cerebros adormecidos

y los hombres que aman la violencia programan sus invectivas,

ni un palmo de tierra para el que desprecia la mano del sufrido trabajador.

Ellos no son dignos de contemplar el brillo de la luna,

la decisión de los legados de la tradicción más antigua,

el espejismo mineral que mina los sentidos,

la nostalgia respira por la vieja caricia,

desvelados ocultos tras las ventanas iluminadas,

palabras por piratas

pero has caído en las dormidas fauces de un dragón,

has cubierto tu sueños con las escamas del recuerdo

y ahora se multiplican las razones del odio

porque sabes que la rabia es lo mejor de los desposeídos

y la tranquilidad, esa fina membrana que recubre la cordura,

es la paz de los cementerios

yo prefiero la prepretación en un lugar seco

y la rotundidad de lo creado,

las risas que se cuelan por las paredes

y desengaños como mundos engullidos por el sol.

El pensamiento rápido como una liebre de acero,

pájaro que canta por los agujeros de la memoria.

Basta la parodia de un mundo de oscuridad,

morir cantando como el viejo cisne.

Basta crear en lo imposible.

Tu corazón se llena de sequedad,

eres como una tierra desierta,

tu mente muerta es como el resto de un reptil.

¿A dónde vas,

hombre del santo nombre?

Más vida es lo que necesitamos.

Martes, 22 de abril de 2008

Más vida es lo que necesitamos

El parloteo de las criaturas,

la huella del aire sobre el pulmón,

el sabor de unos labios vacíos,

el desfile de muñecas antiguas,

la bebida en la que resbala el corazón.

Todo es una voz olvidada en un gramófono perdido.

Existe la vieja patraña mística con su disfraz de cuerdas y cuchillas,

la alcoba de los niños dormidos donde el sol no llegaba,

las voces de los perros en el atasco de tráfico

y esos cuerpos que te toman por asalto

en la periferia de la cordura.

La luz que quema en las entrañas

con sus mariposas veloces de papel de revista,

pechos abiertos por el navajazo del dolor,

mientras muy lejos hay una calle gris preparada para la lluvia,

espinosos silbidos, decadentes egos maquillados

y la mujer tiene una sombra en sus palabras,

látigos de hielo en sus frases.

Siempre el secreto:

volver a las cenizas

del torrente de almas.

 

Recuerdos de cuando fuimos dos.

PLASMA DE LA LORZA

Lunes, 21 de abril de 2008

PLASMA DE LA LORZA

Permanece solo abierto por la boca del violín,

castro en el claustro que se abomba, máquina torpe,

luego guarda la kila seres de luz, jilgero,

opresión luz, sierpe muerde la flauta,

líquido de luz, m, desde restos,

desde los restos contemplo la fábula de lo que fue mi cuerpo,

y también el regazo, caigo en el universo

o en su regazo. Perfume de luz, suplica, súplica desde aquí,

amar a solas en las maderas modificadas,

vasos de cristal, pantalones mojados por la lluvia,

gracia fundamental de la entrada abierta,

caricia de festiva cursilada, sed maldicente,

líquido espumoso,

liebre de trapo perseguida por perros de acero,

como una liebre de acero,

el pensamiento rápido como una liebre de acero,

destrozo los restos del día, las nalgas de la luna,

lester y la rubia sudan la camisa,

descubriendo la brecha del tiempo en los zapatos,

espiga alondra fresa flor ferwerso,

gacela cósmica en la tierra de las alondras que vuelan,

si acaso tengo tiempo para la caricia,

el perfume se extingue,

amor.

Perdido como un bolsillo en el bolsillo,

diadema vegetal ,caricia de piedra, hombre del santo nombre, lluvia nueva,

respuesta que viene de lejos, kilos de más , ahora salta,

lorena en cinta, jilguero que canta por los agujeros,

relación de gastos, condena exaxta,limite visto,

licántropo de la noche wenceslao,

locura de serpiente borracha,

basta la oscuridad,

basta la parodia de la oscuridad,

basta la parodia de un mundo de oscuridad,

morir cantando como el viejo cisne,

basta perseguir lo imposible y crear en él,

manos en las bocas, gente frenética en mis manos,

kilos de más, palomas, flautas, queso azul,

cervecita sin alcohol.

Se dan las fuentes secas pero la tierra se llena,

tu corazón se llena de sequedad,

eres como una tierra desierta. A ti llegan

el santo y el soldado,

guarnición de silla, desde locos ojos vigilantes,

pasadena de la playa en la palabra acero,

tus ojos en la palabra acero,

kilos de más,

naturaleza búdica de la legaña miserable,

kilos de más,

restos de reptiles, tu coraza,

tu mente muerta es como el resto de un reptil,

como construir una bomba atómica,

como estudiar sin esfuerzo,

como estudiar sin esfuerzo,

como estudiar sin esfuerzo,

como mejorar la memoria,

como mejorar la memoria,

como mejorar la memoria,

como olvidar mejor,

como olvidar mejor.

¿Cómo olvidar?

En tu cocina conoces la ruta de las cucarachas,

también conoces las profecías que hablan del fin del mundo,

hay que hacer pesas y no poemas,

poema genial, poema genial, poema genial,

tarde de lluvia, marchante de arte con piezas únicas,

Berlín bajo la lluvia,

y esos cuerpos que te toman por asalto en la periferia de la cordura,

gafas de sol,

plasma de la lorza,

la decadencia es tu mejor puñal.

Y eos kihos fesios ferwerso,

nada,

quilos con q de más,

¿Me está leyendo alguien?,

Escribir con palabras nuevas, escribir con palabras usadas,

combinar los vestidos que tenemos comprados a saldo,

vestir como un viejo monje que canta fados,

tenis de mesa, sueño de la pereza,

siempre algo que hacer, leer los relatos de Mailer, de Chandler,

perder el tiempo con argucias y minucias y plumas de pollo,

zapatos para la lluvia,

adios.

 

MATAHORMIGAS

Miércoles, 16 de abril de 2008

Tenía gracia pero no era graciosa, estilo pero sin clase y sangre fría pero con nervio. Alrededor de ella todo parecía florecer o marchitarse. Podía haber sido mi amante pero era mi amiga. La vida en la tierra no es como uno la desea, dice el proverbio; viajar es ganar un proceso contra el tedio, decía la publicidad del AVE cuando llegué a la estación de Santa Justa. Sevilla tiene un encanto especial, decía la canción. Todos los Hallowen viajaba hacia al sur y procuraba hacer con mi amiga algo especial, este Hallowen me tocaba encontrarme con una casa en la que un niño se había suicidado comiendo matahormigas; su padre le maltrataba, decían, en sus abusos le hizo sentirse como un miserable insecto. Sonaba todo como muy kafkiano cuando me acerqué a mirar el chalet de frente. Hacía buen tiempo esa noche, mi amiga, como siempre, se esforzaba por superar un nuevo brote de esquizofrenia, de alguna forma estaba convaleciente, y la locura parecía imperar por todas partes como un material viscoso. Sin embargo el chalet abandonado me parecía normal, uno de tantos, y yo me sentí como si me hubieran dado una falsa noticia, de todas formas algo me iluminó y me llevó a comprender que la maldad puede ser un hecho cotidiano que no deja huella con su presencia y que las fábulas de casas encantadas no pasaban de ser historias de terror, convirtiendo la realidad en algo mucho más pavoroso, una maldad sin constancia, sin presencia, una maldad insentida y común, de la que todos pasamos a ser partícipes con la misma naturalidad con la que bebemos un vaso de agua. La videncia se ha convertido en un hecho poco excepcional. Yo estaba aquejado en aquel tiempo de hiperestesia, una rara enfermedad de los sentidos que se agudizaba con el alcohol y que aquella noche me acuciaba y sin embargo no hasta el punto de encontrarme a disgusto con aquella pandilla de amigos de amigos que mi amiga conocía y que habían decidido reunirse en Hallowen a las puertas de un chalet que debiera de estar maldito y que parecía uno más del lujoso conjunto. Conforme transcurría el tiempo en su compañía me fui sintiendo más a gusto con la casa y más a disgusto con ellos. Tenía el chalet una pequeña verja abierta y nos sentamos todos juntos en el jardín, perfectamente cuidado, sintiendo que no había nada de lo que preocuparse a excepción de nosotros mismos. La luna llena nos iluminaba y nosotros hablábamos de nuestro trabajo y aficiones con naturalidad, nadie comentaba por qué estábamos en esa casa y qué habíamos ido a hacer allí. Pensé en aquel niño cuya desgracia ya no tenía eco y en cuyo día su inocencia sería reconvertida en basura nostálgica. Supe que tenía un organismo, unos ojos para ver y una palabra para reír y hablar y que en mí había una pequeñez de la que quería desprenderme, que yo era como aquel niño ahogado en matahormigas, yo me parecía a un bucle en el tiempo, escuchaba a mis compañeros sin escucharlos, los miraba sin verlos, no tenía sino lo que me permitía escuchar el silencio. Pero me sentía bien con aquel botellón organizado, fumando de los canutos de hachís y echando hielo al whisky, así que rompí a hablar:
–Los primeros huesos son de centeno, luego creces y todo parece la masa pétrea o la masa precipitada, los fratricidios dejan otra marca, un sólo dedo puede parecer un monstruo, ese es el mundo de la infancia.
Como nadie dijo nada me eché uno de esos cigarrillos que nos están matando desde pequeños, es el crimen organizado de la Industria Tabacalera, consabido, compartido y consultado por el grupo.
Empezamos a fumar Marihuana y todo resultó más ambicioso, más intelectual, esa era la esencia del momento aunque la gente borracha de repente hablara a gritos. Alguien me habló iluminado:
–Tú tienes la tranquilidad desde el interior, pero te falta estar sobrado por la cabeza, al final todo lo que pedimos son pastillas.
La gente mantenía en sus recuerdos falsos la imagen del chaval envenenándose con el producto y la trasladaba a una vejez ficticia en la que la ciencia resolviera la muerte con medicamentos. La idea de la muerte se asociaba a la de decrepitud y el pasado del infante se engarzaba con nuestro futuro, pues al haber entrado en conexión con lo terrible todo el mundo tenía conciencia de esa pequeña película de terror en que para todos se convierte la vida más tarde o más temprano, cuando nos enfrentemos al peso exagerado de morir o a su marca indeleble.
“Pero lo más duro es despertarse cuando no quieres amanecer”, alguien empezó a comentar viejos suicidios y yo dije que no debería existir la madrugada “Ningún amanecer” fueron mis palabras y hubo una chica cuya fantasía confesada era moverse por una noche eterna y no morirse, transformarse lentamente en su sombra. De esa forma sería siempre joven, siempre la misma pero un poco más opaca. Yo contesté que el tiempo me había vuelto más oscuro y alguien rascó mi piel como para querer hacer un chiste y retiró la mano de repente y después me dijo que estaba helado, yo sentía calor sin embargo. Un chico que era como mi hermano pero en moreno alzó la voz para decir que esos eran los planes de Dios, debía de tratarse del orador del grupo porque la gente se arrellanó un poco mejor en el suelo como cogiendo sitio a la paciencia, al parecer los planes del Hacedor eran darnos la muerte pero no la corrupción, darnos la muerte como un vestido de colores, como un regalo perfecto. Alguien volvió la vista a ese hombre como si les hubiese apuntado con un revolver enmohecido, yo lamenté que el cielo de Sevilla fuese luminoso y limpio, incluso de noche y que la luna tuviese una redondez rotunda de moneda espacial. Parecíamos reos paniaguados más que felices postadolescentes semiadictos.
–¿Por qué lo habría hecho?–preguntó alguien a mi amiga.
–El tiempo es lo que tenemos más cerca de nosotros–dijo por respuesta.
En ese momento toda su belleza andaluza reventó, era como si hubiera estado esperando dar esa respuesta desde siempre, desde toda la vida. Saqué mi libreta y apunté la primera frase para un cuento: “Tenía gracia pero no era graciosa, estilo pero sin clase y sangre fría pero con nervio. Alrededor de ella todo parecía florecer o marchitarse.” Yo también había estado esperando toda mi vida para escribir esa frase. De repente sentí por ella una secuencia de amor puro que no podía consumirse.
–El padre de ese chico se estará volviendo loco en la cárcel–comentó Eugenia pasando el porro, una dependienta del Corte Inglés cuya especialidad era ser figurinista. A fuerza de ocuparse ocho horas diarias en vestir maniquíes amaba especialmente la carne viva lo que la convertía en una compañera adorable.
–No quiero volver a ese lugar ¿Comprendes? ¡A cualquier parte menos a ese lugar!
Su novio perdió los papeles al escuchar la palabra “cárcel”, había pasado por ella y esa palabra tabú era usada por su compañera adorable cuando dejaba de serlo y parecía un maniquí, era un castigo por unos celos que ella sólo imaginaba.
–Yo te diré mi vida–dijo su novio levantándose y haciendo que le miraba a sus pantalones grises–¡Mi vida ha sido ver piojos al sol, cuatrocientos días de cárcel en una sauna. Por la noche los grillos chillaban como perros y eran tan grandes como gaviotas! ¡Tenía miedo, pero miedo de despertar un día y no poder saber quién era!
Se volvió a sentar, esta vez en frente de mí y me miró como mirando a su novia porque lo que decía lo hablaba para ella. Mucho más tranquilo ahora.
–No quiero volver a ese lugar ¿Comprendes? A cualquier parte menos a ese lugar…¡Joder, qué frío hace!
–De repente.
Era verdad, la temperatura había bajado mucho inesperadamente. Siguió hablando:
–¿Por qué no nos vamos a alguna parte dónde podamos olvidarnos de todo?
No tenía miedo, tenía frío, como nosotros, como todos. Pero ninguno quería moverse, hubiese sido como renunciar a la experiencia de Hallowen. Sus palabras me conmovieron.
–¿Cómo consigues estar siempre tan tranquilo?– Me preguntó ante mi expresión de bonhomia.
–Los días son pero yo desaparezco…contengo los segmentos que me odian…su marca se enfatiza pero no hay influencias ni reclamos…sólamente hago lo que merezco.
La marihuana estaba sabrosa. Una mujer río bellamente:
–¡Gloriosa santidad!
–Te ufanas simplemente–dijo una voz.
Y todos nos callamos porque había mucho de presunción en mí o porque quizás la voz sólo la había imaginado y volví la cabeza con brusquedad.
La droga percutía en el lenguaje.
Empecé a darme cuenta de que con el frío venía cierta humedad, la piel brillaba, los ojos se volvían botones nacarados, el nervio de la risa se aflojaba con el alcohol, la hilaridad fluía entre los dientes como una manada de aire histérica, las emociones eran como un reloj de péndulo que iba y se venía desplazándose con el movimiento de su entraña y las palabras parecían todas dichas, por eso las miradas bajo el músculo sin voz de las cejas ejercían de embajador de la expresión, la diplomacía se adueñaba del rictus del rostro bajo el párpado sin luces del silencio. Logré encontrarme con rostros improbablemente bellos pero no porque la luz de la luna fuera pálida y azulescente con un aura de paz las caras, creía que había una belleza en acto heroico de resistencia y lírico de aventura, una belleza de contornos inagotables sobrepasando el miedo y bebiendo los pensamientos del lenguaje con la pajita de lo esquizo.
Fue entonces cuando comprendí que el grupo me profesaba una reverencialidad esperpéntica, habían hecho un corro en torno a mí y yo era para ellos un Jesucristo atribulado, un diosecillo con vaqueros y gafas de pasta oscura, excéntrico y ameno…y creativo. Yo era para ellos el más viejo y me habían adoptado como a un chamán al que escuchar sus palabras–gurú. Pero desear las sombras no es regresar al útero, amar la oscuridad no significa sentirse protegido, participar del mal nunca consiste en ser más fuerte que él. Empecé a sentirme como un maestro en una escuela y mi mejor alumno yacía muerto, envenenado con matahormigas, aunque empecé a sentir que nada había sucedido en esa casa. Algo estaba sucediendo, una presencia que se hinchaba como un globo, algo atmosférico. Era el viejo poder de la mentira, la que servía para manipular conciencias y convencer a las masas, la que conduce inexorablemente al desastre y a formar parte del olvido en la memoria de quién la padeció, era el viejo poder de una dama tan secreta como la propia muerte.
Comenzó a nevar.
–Voy a por los chalecos al coche–dijo una de las amigas de Eugenia.
–Yo te acompaño–dijo otra.
Volvieron blancas, sin expresión. Dijeron que nada más cruzar la verja sintieron un calor inmisericorde, la nieve había desaparecido y llegaron al coche sudando, sin deseos de coger ninguna prenda de abrigo, así que habían vuelto con las manos vacías y la mente llena de dudas y paranoias, pues sólo parecía nevar en el jardín, el único lugar dónde el frío no cesaba.
–Tenemos una nube negra encima como una maldición–dijo mi prima.
–Pues el cielo está claro…
Fue entonces cuando creí que la historia era cierta y según mi certeza iba en aumento la nieve comenzaba a cuajar sobre la hierba. Quizás fuera ese golpe de impresión sumado a la marihuana y los licores que consiguieron despertar mi hiperestesia lo que me hicieron conferir al conjunto una belleza submarina. Miraba todo lo que me circundaba a través de mis sentidos enfermos, creo que de no haber sido por el frío me hubiera sumido en un sopor que me hubiera vencido. La esquizofrenia no era más que una palabra, matahormigas no era más que una palabra, el suicidio no era más que una palabra, los sentidos no eran más que una palabra, matahormigas no era más que una palabra.
Transcurrió el tiempo, cayó la nieve, los ojos del Cesar reposaban entre nosotros pero sin su sinceridad, sin su talento. Los rostros se volvían como mirando sin mirar. Todo desprovisto de Dios y de sentido, una plataforma apartada en la espesura del aire, de repente el jardín, cuando el camino era entre robles y pesaban las armaduras, cuando pude haber sido señalado por el filo de una daga de plata, de repente recuerdos, un fuerte instinto buscaba la belleza sin sacrificio por el placer de mostrar cosas muertas, de repente memoria de otra vida que no es la mía.
–¡Qué me está pasando!–exclamé.
Y a mi alrededor chicas y chicos congregados con los brazos cruzándose intentando escapar del viento frío, intentaba sacar la libreta: “Que se escriba lo que se recibe como espejismos coloreados dentro de pesadillas, la capacidad telepática aumenta en los sueños, en la mente inconsciente, debo agudizar mis facultades físicas y psíquicas, mi mente se coordina con este sueño, porque lo que está pasando no es más que eso.”
–¿Qué haces ahora?–me preguntó mi amigacon los labios azules–¿Qué te está sucediendo, que nos está pasando a todos , por qué hace tanto frío?
–Los ojos del Cesar…¿No los sientes? ¿No te ves vigilada por un extraño ente superior?
Mi amiga volcó mi copa.
–Deja ya de beber, chico,…y no fumes de eso…Sabes que tienes demasiada imaginación.
–Sí–bramé–¿Entonces por qué estamos todos helados aquí adentro bajo la nieve y por qué al salir a fuera no hay nieve ni hace frío?
–No lo sé…–dijo mientras le casteñeteaban los dientes–Salgamos sin más…
Si en cada uno de nosotros existe una transformación que está esperando, aquel era el momento, estar allí tenía un sentido. El frío era algo más: era la metáfora perfecta de que necesitábamos el cambio.
–Espera un momento–dijo Gonzalo, un chico tímido pero de ideas brillantes que solo hablaba para transtornar la conducta de su grupo–¡Creo que todo esto tiene un sentido, debemos permanecer aquí y padecer la helada repentina…–nadie dijo nada y optó por explicarse–: De la misma manera que tras el invierno llega el verano pienso que si aguantamos lo suficiente sin quejarnos podremos vivir una situación maravillosa…
–¡Tiene razón!–dijo una chica gordita, Nerea, vestida de verde–¡Quedémonos aquí, seguro que este dolor es pasajero, y además…–señaló el grupo de botellas semivacías–, tenemos combustible para calentarnos…
–¡Sí!–gritó alborozada la chiquillería–¡Aguantaremos!
Cargamos de nuevo los vasos de plástico mucho más animados. Todos queríamos vivir un momento único que poder relatar, eso nos haría irrepetibles a los ojos del mundo, quizás podríamos hablar de ello en los períodicos o en la televisión. Comentamos el tema.
–¡Ya me veo rejando en año cero!–dijo un fulano al que decían Toro porque era musculoso y tenía una gran testuz–¡Ya me veo contando cómo entramos en la casa en la que un niño había sido asesinado y de repente una helada nos invadió!
–No estamos en la casa–dijo Eva Julia la novia de Toro, una camarera oxigenada de curvas peligrosas–Sólo estamos en el jardín. Además el niñín se suicidó.
–¡Es que sería muy fuerte entrar en la casa!–protestó mi amiga–¡Sería allanamiento de morada!
Todos dirijimos nuestros ojos hacia el chalet, debió ser en sus tiempos muy bonito, azul y claro, pero ahora una colonia de líquenes se había apoderado de la pared y de su techo rojizo, afuera del abandono de sus dueños estaba deteriorado, pero abandonar una casa no impide seguir viviendo en ella, quizás era ello lo que nos aterrorizara inconscientemente, la posibilidad de que alguién hubiera elegido vivir allí en condiciones penosas de insalubridad o hubiera decidido seguir viviendo. Su simple contemplación nos hacía preferir salir de aquel sitio que intentar algún tipo de heroicidad.

Nos levantamos todos a duras penas y nos dirigimos hacia la verja, estaba cerrada. Nadie tuvo el valor de intentar abrirla porque nadie recordaba haberla cerrado, todos volvimos de nuevo a nuestro sitio sin entender por qué lo hacíamos, no sentíamos más miedo que el que otorga el silencio.
Decidimos volver.
De repente nos dimos cuenta de que formábamos una ridícula procesión, caminábamos casi en fila india, parapentándonos unos con los cuerpos de otros y otros con los cuerpos de unos, no sólo nos quitábamos el frío, también la visión. De esa manera nos sentíamos protegidos, nos habíamos acercado más los unos a los otros, olíamos nuestro aliento y nuestro sudor, estábamos a punto de llegar a tocarnos, habíamos formado una pelota de carne viva que no se podía desenredar. Había que ser santo inmortal para aguantar eso, la sensación de invulnerabilidad era ficticia y como el que descorre el velo de unas gruesas cortinas para dejar pasar la luz, en un momento podías darte cuenta de lo ridículo de tus actos, en un instante luminoso en el que la oscuridad se contravenía. Todo volvía a ser tangido: la borrosidad de las cosas, el movimiento del silencio. Todo recobraba su antigua fuerza.
La permanencia de las palabras con las ideas en nuestro cerebro no conseguía transformarse en acto. El miedo petrificaba las puertas del entendimiento. La realidad tenía una doble lectura y en eso radicaba su simplicidad.
–Hagamos un círculo y cojámonos de las manos–dijo una chica fibrosa y turbia que hasta el momento no había reparado en ella.
–Hagamos caso a Nuria–pidió un muchacho.
Nos situamos en el centro del jardín, teníamos las puntas de los dedos heladas:
–Es como tocar a un muerto–me dijo el que tenía a mi derecha.
–Anda a callar–le dijo el de mi izquierda. Tenía en frente a mi prima.
No sé cómo conseguimos entrar en calor, mirábamos los residuos del botellón que habíamos colocado en el centro y alguien habló de hacer una hoguera, pero nadie tenía fuerzas, nadie quería desasirse.
Pasaron unos momentos interminables en los que nadie hablaba y el frío parecía ir remitiendo.
–¿Os sabéis el cuento del ogro que vivía en un jardín en el que siempre se había instalado el invierno?
–Pero ésto no es tu cuento–me riñó mi amiga–, ésto es la verdad.
–Tal vez–aconsejé–, debamos hacer como en el cuento.
–¿Atravesar el jardín y hablar con el ogro?
–Sí, como los niños buenos del cuento.
–Supongo que en el cuento–aseguró con su voz una chica–el gigante o el ogro o lo que sea se vuelve bueno y de nuevo regresa la primavera…
–Más o menos–respondí diciendo que era exacto con mi voz.
–¿Entonces a qué esperamos?
Nadie comentó nada y seguimos un buen rato en silencio, apretábamos nuestras manos y nuestros dientes y eso nos daba seguridad.
–¿Y si lo echamos a suertes?–sugerí.
–¿Y por qué no vas tú?
La voz se acompañó con otra:
–Eso ¿Por qué no vas tú?
–Tienen razón–aseveró mi amiga–, piensa que tú eres el que conoces el cuento, el que tiene más que ganar.
–¿Por qué?–fingí sorprenderme para escuchar su alocución.
–¿Cuántas veces has soñado conseguir un material tan precioso para escribir?
Su pregunta me dio fuerzas. Ese momento estaba hecho para mí. Me incorporé rápidamente pero no conseguí que soltaran mis manos.
–Estamos formando parte de los sueños de un niño. Esto también es otro cuento–dije con gran serenidad–“No asustarse”–hablé en andaluz–, pero ésto es el cuento del grupo que se cogió de la mano y luego no podían desasirse. Me pregunto qué será la oca mágica.
–¿Qué cuentas?–dijo Nuria entre los chillidos.
Me di cuenta de que la gente estaba muy nerviosa, yo había asumido mi destino de cicerone de la irrealidad pero ellos se debatían por volver a tener su propia autonomía, no había forma. Teníamos pegadas nuestras manos. Alguién rompió a llorar y alguien intentó consolarle llevándose tras de sí a todo el grupo en una estúpida rueda que se comba, parecía un castigo de patio de colegio, algún tipo de siniestra actividad extraescolar dedicada a instaurar respeto en las mentes del alumnado. Todas mis ideas estaban certeramente puestas en ese punto, un ente exterior a nosotros pretendía darnos una lección. Asumido este punto sólo quedaba que los demás fueran llegando a esa conclusión poco a poco, lo sabría en cuanto remitieran los llantos y los chillidos, en cuanto se acallaran las voces y los pensamientos torpes expresados en voz alta a los que nadie da pábulo.
–La oca mágica–dije en cuanto todos se sentaron– era ese ser sagrado que pretendían conseguir en el cuento, una sola de sus plumas podía convertir en oro todo lo que tocase. Un hombre malo y egoísta quería utilizar la pluma para sus fines perversos y fue por eso castigado, todos lo que le tocasen no se podrían desprender de él.
–Tú eres el hombre malo entonces–me escupió mi amiga–, tu eres el único que puede deshacer este hechizo.
–No es un hechizo–reí–, es una enseñanza. Creo que tengo la solución.
Esperé a que todos volcasen su atención en mí y entonces construí una oración:
–Señor, Creador del Universo, asumo mi destino, perdona mi egoísmo al querer rentabilizar esta historia para mi propio beneficio, pero tú me hiciste escritor y tú debes conocerme. Permite que haye la luz de este enigma y que su conocimiento nos ilumine a todos.
Todos dijeron amen y lograron santiguarse. De nuevo éramos libres.
–¿De dónde salen esos focos?–grité con los ojos doloridos.
–¿Qué focos?–dijo Nerea–¡Sólo es la luz de la luna que se refleja en la nieve!
Me froté la cara y entonces comprendí lo que estaba pasando. Recordé el cuento del niño que salva la vida a un gato y éste le transfiere el poder de ver en la noche. El don me indicaba que me encontraba en el buen camino.
Desde entonces fue tan fácil como para un rey reunirse con su séquito. Detrás de mí la ristra de personas, pero esta vez unidas sin imán. Parecía como si al cielo le faltase el aire, todo expresaba una serenidad cadavérica, pienso que Dios debía sentirse como yo, miraba progresar a seres en la oscuridad con torpes movimientos.
De repente tropecé con algo, entre la nieve había un libro semienterrado, mi placer por la lectura ha hecho que nunca devuelva los libros que me encuentro, más que nada por superchería, pero esta vez debía ser distinto, se trataba de una propiedad privada dentro de una propiedad privada y había leyes punidoras ineludibles. El libro crepitó misteriosamente al asirlo, todos mis acompañantes salieron corriendo, temí que hubieran visto algo que yo no había visto, eso realmente fue lo que pasó, mis ojos se iluminaron con una fosforescencia especial que les llenó de pánico, el pánico es una reacción colectiva que impele a la acción, mientras que el miedo agarrota. Les vi correr y tropezar, luego les oí llamarme pero su voz estaba entrecortada y por un momento sonó a cientos de metros, como el eco de una montaña en la lejanía. Nadie sabe por qué un hombre en los momentos en los que siente peligrar su vida adquiere una mayor dignidad, a veces creo que se debe a que enfrentarse con lo desconocido es el deber insoslayable del ser humano y que al hacerlo se adquiere una fuerza atávica.
Todavía no había llegado a la casa cuando vi una sombra proyectarse en la ventana, era un cuerpo redondeado de mujer que conservaba cierta arrogancia. No me parecía educado irme sin saludar o no delatar su presencia aunque yo fuera entonces el intruso.
Fue entonces cuando la vi.
Llevaba un vestido anticuado y sucio, era morena con un pelo muy fuerte que le caía a los lados hasta casi la cintura con desdén, parecía no haber envejecido en años, como si la desgracia de su hijo la hubiese paralizado en el tiempo. Sentí una extraña piedad por ella porque sabía que era la madre, una piedad que no era ni filosófica ni cristiana sino una piedad sentida como una fiebre, como algo físico, una expresión de la voluntad de mi cuerpo.
La mujer, que había abierto la ventana para mirarme, me contemplaba con familiaridad y sin sobresaltarse, como si hubiera estado esperándome siempre:
–¿Estáis bebiendo? Cuando llegaba Navidad mi hijo y yo poníamos una botella en el suelo, le dejaba beber ¿Sabes? Le decía: si eres capaz de beber de esa pesada botella sin cansarte puedes beber todo lo que quieras ¿Sabes? Todo lo que quieras. Era extraño me recordaba a mi madre, fue niño, sí, pero era clavadito a mi madre…Yo le quería mucho ¿Habéis venido por eso? Aquí no hay fantasmas ¿Sabes? No existen los fantasmas, sólo gente que sufre.
–He venido a darle algo con lo que tropecé–le pasé el libro y ella lo abrazó contra su pecho–: deseo sinceramente que su hijo sea muy feliz en dónde se encuentre.
–Hay esperanza, hay paz…–me contestó abrazando el libro de cuentos de su hijo–,vuelve cuando quieras–se despidió de mí–, no hay fantasmas, sólo gente que sufre.
–Almas en pena son demasiados vivos–le contesté asimilando magistralmente su lección–, rezaré por su hijo.
La mujer me sonrrío y yo me alejé por un jardín sin nieve en el que empezaban a despuntar las rosas, cuando cerré la verja comprobé que en esa casa era imposible que habitase nadie y ya no quise pensar más.

NADIE SE DETIENE ANTE EL CADÁVER DEL GORRIÓN

Miércoles, 16 de abril de 2008

NADIE SE DETIENE ANTE EL CADÁVER DEL GORRIÓN

Estaba orgulloso de mi carnet de montañero senderista,

todos los sábados hacía una excursión organizada a las montañas.

Tendría nueve años y en compañía de mi padre

me sentía feliz en la naturaleza.

Un día encontré en mi camino el cadáver de un bello gorrión,

nadie se detenía, todos pasaban de largo,

yo estaba allí muy quieto con una honda pena en el pecho

por aquel pajarillo que en otro día estuvo lleno de vida.

Derramé algunas lágrimas y recé una oración.

Ha pasado mucho tiempo,

he visto cadáveres de gatos, de pájaros y perros,

en la televisión he visto cadáveres por cientos

de humanos seres muertos en mil  guerras injustas.

Pero nunca me sentí tan apenado como con aquel sencillo gorrión.

“La maldad del mundo crecerá tanto

 que la caridad de la gente se enfriará” dice la Biblia.

Me he vuelto mucho más duro,

el mundo me ha cambiado para peor

y eso nos ha pasado a todos.

Y lo más triste de pensarlo es que a este hecho se le llama

MADURAR.

CUANDO HAGA VEINTE AÑOS QUE TUVE VEINTE AÑOS

Miércoles, 16 de abril de 2008

CUANDO HAGA VEINTE AÑOS QUE TUVE VEINTE AÑOS

El tiempo nos engaña o engañamos al tiempo

y cuando haga veinte años que tuve veinte años,

cosa que ocurrirá dentro de cinco,

me sentiré realmente jodido y hecho polvo.

¿Qué fueron de mis veinte años,

fui un muchacho feliz,

tuve mis novias y mis libros y el amor de mis padres?

¿Y qué es lo que me ha dado la madurez,

soy un poco más sabio y más estable

o me he vuelto más perro y descreido?

Hoy ha venido a verme al trabajo

una vecina peluquera muy rubia y muy delgada

con unos pechos pequeños pero firmes

y he sentido que ya no siento lo que hubiera sentido

de haber tenido veinte años.

No es tanto echar de menos la antigua fuerza y la vieja frescura

como saber que en el futuro el sentimiento se reducirá

y no será un aldabonazo, una urgente llamada,

sino un eco apagado de lo que un día fue la vida.

Le enseño este poema a un amigo y me comenta:

“Vamos para mayores” Deprimente.