Archivo de enero de 2008

LARGO JUEGO DEL FUTURO

Viernes, 18 de enero de 2008

LARGO JUEGO DEL FUTURO

LARGO JUEGO DEL FUTURO
 

Largo juego del futuro,

lléname de tiempo

hasta el abismo del dolor y la carne.

Hazme nuevo del deseo.

Ponme dedos en los labios para que calle.

 

Largo juego del futuro

 

hasta el abismo del dolor y la carne.

 

Los días sin cansancio y el sueldo de seiscientos euros en una cuenta corriente nómina de Bankinter, es el futuro. Los días sin cenas fuertes sin leche con colacao y sin madelenas. Una carne en filete para comer con rocula y sin patatas. Vivir sin patatas, vivir pensando en la mujer que hizo el amor con un chino y que teñía su pelo con agua oxigenada y mercromina. Esa mujer que sueña con maridos newyorkinos y que considera muy provincianos a los chicos de Valladolid. Vivir en soledad, vivir sin amor y manteniendo la pureza y la castidad. Largo juego del futuro, prestadas ausencias sin intermediarios, días de lluvia y niebla y días con fiebre. Pasar de largo ante la depresión, no tener los seiscientos euros para pagar la universidad, vivir sin títulos universitarios y ser distinguido. Vivir sin ser vulgar. Largo juego del futuro. Ser delgado y ser fuerte, ser fibroso y dejar de fumar. Tener las cosas claras y saber que hay que dejar de fumar, chupar caramelos de nicotina. Mantener el contacto con una antigua novia llamando al extranjero y pensando en cuándo podré volver a verla. Las cenizas del amor, los rescoldos del amor. Sin perspectiva de un amor nuevo y pensando en esa mujer que un día te rozó con sus grandes pechos y sentistes algo. Pensar en volver a sentir algo nuevo y esperar a que te quiten toda la medicación, que te quiten el risperdal y puedas decir que ya no tomas antimicóticos. Vivir en la salud, ser sano y al mismo tiempo tener ideas morbosas en la mente, fantasías en la mente, otras vidas en la mente. Dejar que pase el tiempo para que venga 2012 y sea todo nuevo y sea todo empezar de nuevo. Mente sin solución, educación, ideas que tienen que venir a la mente. Mente marciana en el espejismo del verano, ganglios asistidos, enfermas que renacen, moribundos sin pan, fértil casino de los niños, el cementerio de las gachas, ojos prestados, casinos casinados, jinas, jinas, jinas, kastillos con ka, gérmenes patógenos, gilipollas afónicos, serpientes en su edad, homilías asistidas por fanáticos en cuclillas, enanos que se masturban en tu cepillo de dientes, manoplas tijeretas con mujeres chavetas, sifilíticos sisífos, chancro de altar, alitas de pollo del rey del buen rollo. Ser el rey del buen rollo y no inquietarse por nada, ante todo permanecer impertérrito aunque el universo se caiga sobre nosotros. Mantener la calma y mantener la calva, gachas de nuevo. Bestias del espiritu con asfalto por ditritus, olor a cera, sapiencia en bota, sefirots remotos en una moto, el chaval maligno con su juego de dados, el número siete, el año seis, el horóscopo del cerdo, el cenicero ceniciento, el mundo sin amor y el mundo del que busca un poco de amor para pasar la vida y para poder sobrevivir. El mundo del que busca un poco de amor y siente la gran pérdida de un amor que se fue y de una mujer que le hubiera querido siempre. Ser querido por una mujer, enamorarse de una mujer. La vida es enamorarse de una mujer, estar enamorado de una mujer que no nos hace caso y pasar a otra mujer que no nos hace caso y enamorarse también de ella. Larga cadena de enamoramientos sin fruto y escribir sobre ello, sobre las veces que estuvimos enamorados y no obtuvimos fruto alguno. Largo juego del futuro, despellejos del vino, kikikri del gallo fantasí y sin embargo te quiero amigo que navegas en el espacio cero con botas de pocero, año del perro, año del perdedor. Largo juego del futuro llena la nieve, llena el tiempo hasta el abismo sincero del dolor y la carne. Largo juego del futuro lléname de tiempo hasta el abismo del dolor y la carne. Hazme amanoplado y deseado, hazme del deseo un ser nuevo, hazme del deseo de nuevo, hazme de nuevo del deseo. Largo juego del futuro, lléname de tiempo hasta el abismo del dolor y la carne, hazme nuevo del deseo, pon dedos en mis labios para que calle, ponme dedos en los labios para que calle.

Largo juego del futuro,

lléname de tiempo

hasta el abismo del dolor y la carne.

Hazme nuevo del deseo.

Ponme dedos en los labios para que calle.

Cuadro vacío (poem)

Miércoles, 9 de enero de 2008

CUADRO VACÍO
 

En un cuadro vacío,

elemento de muerte,

hallé vida en la vida.

Elemento de muerte,

toqué tu extremo,

invocación y gracia.

Un dios para los dioses (poesía)

Miércoles, 9 de enero de 2008

UN DIOS PARA LOS DIOSES
 

Descanso en los lugares habitados sin ninguna caricia,

el hormiguero socialista del Cristo atómico con sus dioses filtrados en el tiempo.

Desciendo por espejos que se curvan hacia lo inanimado,

es el año del perro iluminado, de la mujer tijera

y pierdo el tiempo descifrando el lugar de los días.

En el pasado el hacha ha caído

y la cabeza ha ardido junto a la estrella de cinco puntas.

Un extremo de mi cuerpo toca la tierra

y la cima de mi alma penetra el infinito.

Quizás los labios sean desdichados

porque no sienten ni el hálito que se pronuncia.

He aquí el modelo que nos asiste,

es el sujeto del sujeto y es el tiempo del tiempo,

es el orgullo de la culminación.

Una palabra para la palabra,

un dios para los dioses.

BUSCO UN CENTRO DE GRAVEDAD PERMANENTE

Martes, 8 de enero de 2008

Muchos se habrán preguntado qué quería decir Franco Batiato cuando hablaba de buscar un centro de gravedad permanente. Es sencillo, tenemos inmurables yoes, infinidad de yoes. Algunos yoes son infrayoes y son muy dañinos. Tenemos que reconocer en cada momento que vivamos qué tipo de yo soy. Algunas personas tienen un yo muy inferior que sale cuando se enfadan y pueden llegar a ser muy dañinas enfadadas…¿No son ellos mismos? Son ellos mismos porque ellos tienen un yo inferior que no han decapitado. Porque en gnogsis debemos aprender a decapitar a nuestros yoes inferiores y dejarv solamente que brille el ser, pues el ego es nuestra parte malvada, el ego siempre es malvado pero es necesario para vivir en un mundo material. Puede haber un ego buen hijo, entonces será un ego bueno pero como ego, como tal ego es malo porque sólo el ser que es inmutable y eterno es bueno. Cuando Batiato buscaba un centro de gravedad permanente lo que hacía era buscar una forma de entender que entre todos los egos de las personas tenía que estar el ser que no cambiaba o un ego que mostrara su verdera personalidad o una serie de egos que demostraran su verdaera personalidad, que no fuera mutable, para que así no cambiara lo que pensaba sobre las cosas de la gente.

Para progresar tenemos que decapitar a nuestros egos malos e inferiores, matar al ego de la pereza, la lujuria, la envidia…y no dejar que nos dominen. A mí por ejemplo me domina el ego de la pereza. Me levanto con el yo perezoso y el yo perezoso sigue actuando por mí durante toda la mañana y no me deja hasta entrada la tarde que aparece el yo místico y empieza a interesarse por temas esotéricos dando a los demás porque lo que no se da se pierde. ME PROMETO A MÍ MISMO DECAPITAR AL YO PEREZOSO y no dejarme tomar por él más.

Para limpiar nuestros yoes sirve mucho la fe católica con su examen de conciencia y confesión de los pecados.

Autobiografía 2

Sábado, 5 de enero de 2008

 Pero mi relación con lo religioso era mucho más material, teníamos que llevar a  casa una hucha, la hucha del Domund y traerla llena de monedas y billetes. Mi hermana y yo solíamos coger la hucha y pedir dinero por la calle pero nadie nos daba nada. Al final la hucha se llenaba con el dinero de los familiares. Las monjas cambiaron de táctica y nos hacían irnos a casa con un sobre en vez de con la hucha y el sobre sólo se podía llenar con billetes. Mi hermana y yo entregábamos el sobre vacío a las monjas. Las monjas nos llevaron con los demás niños a una sala de proyección con una cámara de superocho y vimos una película en la que se construía una iglesia en África. “La iglesia la han construido los niños buenos” nos dijo la monja “No como vosotros que no lo habéis sido.” Sentí una pena muy grande por no haber podido colaborar en la construcción de una iglesia en África. Era un dolor infantil pero un dolor al fin y al cabo, se me pasó cuando una niña trajo a clase una caja llena de pollitos. La niña quería mucho a sus pollitos pero yo no me di cuenta y me senté sobre la caja de los pollitos. La niña lloraba desconsoladamente. Me había sentado sobre la caja de los pollitos y había matado a cuatro. Como no vi a los pollitos muertos nunca sentí pena por esa acción, yo no dejaba de repetir que yo no había matado a los pollitos y acabé por creérmelo. Mi hora preferida en aquella guardería era la hora que llamábamos de juegos, en esa hora se te permitía jugar con cualquier juguete que quisieras. El mejor juguete de todos era un juego de piezas de madera que había que clavar con unos clavos y un martillo sobre un soporte también de madera. Era mi juego preferido pero también era el juego preferido de los demás por eso yo nunca llegaba a cogerlo y tenía que jugar con otros juegos más aburridos. Así que se me ocurrió una estrategia para poder jugar con ese juego, me haría pis encima y las monjas no me dejarían salir al recreo para que no me enfriara, después buscaría el juego y empezaría a disfrutar de él. Mi plan funcionó, me oriné encima y las monjas me dejaron sin recreo. Cuando fui a por mi querido juego cogí el martillo y los clavos dispuesto a hacer el muñeco con piezas de madera que hacían los demás niños, cuando me di cuenta de la complejidad del juego. Los clavos se doblaban sin entrar por las piezas de madera, no logré clavar un solo clavo bien y todos los clavos se estropearon. Me sentía muy frustrado, además había cogido el juego sin permiso y quizás fuera para niños más mayores. Fue la primera vez en mi vida que sentía lo que era tener una desilusión y sufrí mucho por aquello. Los niños se dieron cuenta de que había doblado todos los clavos dejándolos inservibles y se enfadaron mucho conmigo. Tomaron su venganza, yo llevaba siempre conmigo una navajita de plástico imitación de las que salían en la serie de Curro Jiménez que era un exitazo, y mis compañeros me la metieron al lado del radiador incandescente que había en la clase. Cuando metí la mano para buscarla me la quemé y me la tuvieron que vendar y dar una pomada, a raíz de aquello me salió un grano muy feo en el dedo y el médico les dijo a mis padres que el grano sólo se quitaría con cutifitol, eso era un líquido que había que disolver en un litro de agua muy caliente. Mi madre preparó un caldero con agua caliente, echó cutifitol y esperó a que yo metiera el dedo dentro. Pero yo no quería meter el dedo dentro, pensaba que me abrasaría el dedo y me haría mucho daño. Mi padre me cogió y me obligó a meter el dedo a la fuerza, el líquido me quemaba y me escocía. Lo pasé muy mal pero al final me curé el dedito. Mi rebeldía iba en aumento en clase, una de mis costumbres era quitarme los pantalones y pasearme en calzoncillos delante de todo el mundo. Me sentía realmente libre haciéndolo y me gustaba hacerlo. Creo que nunca he sido tan rebelde como cuando me paseaba en calzoncillos por el jardín de infancia, pero la monja vino y me dio un azote en el culo que aún me duele.

Llegó un día en el que ya no teníamos clase por las tardes, entonces mi madre nos llevó a una guardería que estaba en la calle Santiago. Por la mañana mi hermana y yo íbamos a Nuestra Señora de los Ángeles y por la tarde yo solo iba a la guardaría de la calle Santiago. En la guardería de la calle Santiago me lo pasaba mucho mejor, no había monjas y mis profesoras eran muy guapas. Yo me enamoré de una de las profesoras, tenía cuatro o cinco años pero realmente me enamoré de ella y ella fue entonces mi primer amor. También en esa clase tuve mi primer encuentro con la muerte. Tenía un compañero que se llamaba Pedrin, Pedrín era rubio y muy malo, todo un torbellino. Era el típico niño que revolucionaba la clase por eso casi nunca jugaba con él porque en la guardería de la calle Santiago había muchos juguetes y era divertido jugar con los juguetes en vez de estar alborotando y armando gresca. Pero Pedrín era muy malo, su madre venía a buscarle con un pañuelo en la cabeza y un día se quitó el pañuelo para colocárselo mejor y entonces me di cuenta de que ella era calva. Le pregunté a mi madre por qué la madre de Pedrín  era calva y ella me dijo que era porque se iba a morir. Entonces pensé que todas las mujeres antes de morirse se quedaban calvas y me dio pena pensar que mi madre se quedaría calva algún día, pero veía la muerte como algo que nos ocurre cuando somos muy mayores, pues la madre de Pedrín me parecía muy mayor cuando realmente no debía tener ni cuarenta años, el padre de Pedrín también moriría años más tarde desolado por la muerte de su compañera y de otro cáncer también. Recuerdo a este hombre siendo yo más mayor, estando con Pedrín en una verbena de mi colegio y viendo cómo este hombre se sentaba en el suelo desmayado de cansancio y sin fuerzas para soportar la vida. Aunque yo era un niño recuerdo la expresión de su cara, de la cara de ese hombre, ese no tener fuerzas para continuar, para seguir. Ese no tener fuerzas para soportar la vida. Pero ya digo que estando en la guardería la muerte se me hacía un poco lejana y era algo que nunca fue conmigo. Si yo hubiese tenido una simiente de filósofo creo que me hubiera conmovido profundamente esa visión de la madre de Pedrín sin pelo, pero no era un niño que se planteara muchas preguntas trascendentales, sólo quería jugar y estar junto a mi profesora de guardería. Ella era morena y a mí me parecía muy alta, tenía el pelo largo y rizado y una gran sonrisa

AUTOBIOGRAFíA 1

Sábado, 5 de enero de 2008

EL ESCRITOR DISLÉXICO
 

1
 

Tacto frío y mohoso de una verja de metal. Los coches pasando a gran velocidad cerca de mí. Estoy en una cuneta al lado de la carretera. Tengo cuatro años y unos niños mayores que yo me han colado por un agujero de la verja. Escucho sus risas a distancia. Hay un nauseabundo olor a podrido. Entonces lo veo. Hay un perro muerto descomponiéndose en la cuneta, es un bulto gris y peludo. Hace mucho frío y yo no tengo mi abrigo, siento tanto miedo que no puedo sentir lástima por el perro. Los coches siguen pasando a gran velocidad y escucho su sonido. Algo parecido a la furia se desata dentro de mí, me hago pis de puro terror. La cuneta es cuesta abajo y tengo miedo de caerme. Por fin retrocedo sobre mis pasos y salgo por el hueco de la verja. Los niños ya no están. Son más grandes que yo y yo les veo como adultos, como personas mayores. Regreso a la guardería de Nuestra Señora de los Ángeles con el miedo en el cuerpo. El corazón me late muy deprisa, tengo los pantalones mojados. No soy un niño bueno, he aprendido a robar en los bolsillos de los compañeros. Cuelgan sus abrigos en un perchero colectivo y cada día consigo chucherías, caramelos, una vez un patito de plástico que le regalo a mi padre en un paseo. Mi hermana Elena es mi compañera de latrocinio, por las tardes robamos la merienda de los demás niños y nos la comemos. Primero miramos quiénes tienen chocolate para merendar, después ejecutamos el plan. La guardería tiene monjas vestidas de gris que son nuestras maestras, son viejas y huelen extrañamente. Mi hermana y yo odiamos a las monjas, no es un odio infantil, es algo muy profundo. La guardería tiene una imagen de la Virgen con unas palomas a sus pies, mi hermana y yo acariciamos las palomas e imaginamos que están vivas. La vida pasa muy despacio en la guardería. Tenemos que aprender canciones que luego bailamos. Una dice: “Pasito a pasito, pasazo a pasazo. Como un enanito, como un gigantazo.” Y tenemos que dar pasos de enanito o pasos de gigante. La monja tiene peces de colores en una pecera, su preferido es un pez grande de color naranja que se llama Nerón. La monja está buscando unos caramelos que le han desaparecido a un niño, nos forma a todos en una hilera y empieza a registrar nuestros bolsillos. Yo tengo uno de los caramelos en la boca, todo lo que existe me pertenece. Entonces la monja me da una sonora bofetada y comienzo a llorar, no volvería a robar nunca más y hasta la fecha jamás he robado nada, ni en un supermercado, ni en una librería, nada es nada. Hoy siento piedad por la niña a la que robábamos su chocolate, mi hermana y yo la robábamos el chocolate y luego la decíamos que no nos gustaba, que era sucedáneo de chocolate y que dijese a sus padres que la compraran chocolate de verdad. La niña lloraba humillada pero nunca dijo nada a las monjas. Pero desde que recibí la bofetada de la monja nunca más he vuelto a robar, aun noto su calor en mi cara. Fue una bofetada dada con saña, con desprecio, fue mi primera bofetada. Nunca antes nadie me había pegado. Todo lo recuerdo confusamente. Afilé mi lápiz hasta sacarle una punta muy fina, luego me acerqué a Nerón, el pez preferido de la monja. Después unos niños me dijeron que yo había matado a Nerón. El pez estaba muerto en el fondo de la pecera. Me parecía increíble que lo hubiera matado yo, pero así era. Me di cuenta de que la maldad era algo tan inocente como un recién nacido, que poseía nuestra mente y nuestro cuerpo y nos volvía autómatas, que poseía nuestros sentidos y nos obligaba a actuar sin ser conscientes de nuestros actos. Sentí pena del pobre pez más tarde, días más tarde. Hasta entonces todo lo que hice fue sorprenderme de mí mismo. Nadie le dijo nada a la monja. Todos los niños odiaban que la monja quisiera el pez más que a nosotros.

Una vez a la semana íbamos a la capilla, el Cristo no estaba en la pared porque le estaban restaurando. El Cristo estaba debajo de la escalera. Cuando llegábamos a la capilla ya habíamos pasado por delante del Cristo crucificado que estaba debajo de la escalera. Después en la capilla celebrábamos misa pero no comulgábamos. Sabía que el señor crucificado de debajo de la escalera significaba algo muy importante, pero no podía saber bien por qué. Una vez me quedé mirando la imagen fijamente y tuve la impresión de que la imagen me miraba a mí. En mi mente surgió la idea de que Dios era mágico. Varias veces hablé con él y varias veces me contestó, de la conversación sólo recuerdo que él me dijo que era Dios. Desde entonces tengo una fe grande en Cristo. Cuando robé unas onzas de chocolate y fui a comérmelas debajo de la escalera la mirada de Cristo me dio a entender que estaba haciendo algo mal. Aquel crucificado me miraba y hablaba conmigo como si estuviera vivo, yo no me creía nada especial porque el resto de los niños también hablaban con el crucificado y porque creía que era también lo que hacían todos los adultos.