Archivo de mayo de 2007

EL ANGEL DEFORME

Lunes, 28 de mayo de 2007

La noche anterior a tomar mi primera comunión recibí a los pies de mi cama la visita de un ángel deforme. Su cabeza tenía ojos encendidos y su corazón palpitaba a través de una piel que parecía de goma. Estaba desnudo y destacaba en él unas fuertes espaldas que sostenían unas alas doradas. Me dijo que venía del espacio vacío donde no había tiempo y que se encontraba muy solo. Dijo también que Dios no lo era todo y que tendría que descubrirlo un día con gran dolor. Observé las señales del cielo en sus ojos, si había nacido en el jardín de los monstruos de los sueños nocturnos nunca lo sabría. Parecía callar, con una mano señalaba el infinito. Se movía destacando la curvatura grotesca de su espalda, debajo de las alas le nacía una masa gibosa de rasgos blanquecinos. “El enigma es un espacio sagrado” me dijo. Estaba demasiado emocionado como para poder asustarme, a la mañana siguiente desperté presa de una gran excitación; era un día importante en mi vida. Pensé que quizás la perfección no exista nunca, ni aquí en la tierra ni allà en el cielo. Pensé que quizás estábamos condenados a un universo mediocre donde girar en brazos de un dios pequeño y amargado sin demasiado poder, un dios triste, un dios innecesario.

Para prepararnos convenientemente para comulgar teníamos las clases teóricas del padre Don David y las clases prácticas de mi tía Carmencito que se avituallaba para la ocasión del pan de ángel sin consagrar que le vendían unas monjas por una camarilla de la trastienda del convento de San Luis de la plaza de la rinconada frente al hospital psiquiátrico de dementes incurables de la calle Pasiòn. Venía mi tía Carmencita vestida de mantilla para el caso, con un peinado negro y perfilado y carmín azulete sobre los labios y polvo blanco en las mejillas para adquirir una entidad fantasmal y mortuoria que ella asociaba con la santidad. Se recogía las enaguas con todo el cuerpo y se encrespaba los faldones en un gesto que pretendía ser de arrobamiento y sumisión antes de hincarse de rodillas ante nuestros infantiles rostros y mis hermanas y yo, tres brillantes luceros por el brillo divino, juntábamos nuestras manitas y en actitud piadosa nos arrogábamos una actitud sacramental que de ninguna forma entendíamos y nos lanzábamos a murmurar una oración. Recuerdo las viejas manos de mi tía, venas azuladas resaltando sobre el esmalte rojo, sosteniendo entre sarmientos la sagrada e hipotética hostia y colocándola en nuestras lengüitas con precisión sacerdotal mientras nosotros nos arrodillábamos para comulgar. Acto seguido ella nos instruía:

–La comunión no se toca con los dientes que no son sino suciedad, la comunión debe dejar disolverse en la lengua lentamente como si fuera una pastilla-

–¿Y a qué sabe, tía?—pregunté procurando no arañar con los dientes la sagrada forma.

–¡ A gloria! ¡Sabe a gloria!

Pero a mí la comunión no me sabía a gloria y todavía recordaba el tacto frío de las uñas esmaltadas y largas de mi tía sobre las comisuras de mi boca. Sin embargo mis hermanas fingían un éxtasis que las envolvía y que casi las hacía levitar. Ponían en blanco los ojos y proferían suspiros de extenuación. No comprendía como en mi caso no funcionaba la mística, lo achaqué a mi naturaleza masculina menos receptiva como es sabido a los asuntos del espíritu  o a mi alma manchada de pecadillos de la carne con los que a tan temprana edad me regalaba mi naturaleza efervescente. Sea como fuere la fuerza mística me había relegado al plano segundo de los pecadores, la medianía y la caterva sin elevación. Sería un mentiroso si ahora asegurase que eso no me preocupaba, recordaba la visita de mi ángel deforme la noche o la madrugada anterior que mantenía en secreto por miedo a que mis familiares me tacharan de loco, y unía las percepciones de estos dos sucesos como si hubiera una secreta imbricación entre ambos: mi falta de devoción y la visita del ser deforme. Medité que al igual que algún general romano antiguo fue avisado en el momento de su deceso por enviados salidos del misterio, yo podría estar siendo un futuro ejemplo de perplejidad teológica para los estudiosos de los hechos de la religión. Estuviera como estuviera, me sintiese como me sintiese, me tenía que preparar para el gran día de mi primera comunión, y estaba claro que en ese momento yo no podría defraudar a mis amigos y familiares, tendrían que ver en mí una verdadera revolución interna que les hiciera presagiar que el niño que era se convertía en un ser humano glorioso ante la luz de Cristo, reformado, convertido, excepcional.

Quedaban pocos días para la gran celebración y los ensayos de mano de mi tía se sucedían junto a las clases teóricas del padre Don David, sin embargo yo no había descubierto en mí ningún progreso.

Cuando por fin llegó el gran evento sentía como la iglesia se vaciaba de aire. Yo estaba exhausto, sudando copiosamente dentro de mi traje de marinerito a la derecha de mis hermanas que llevaban vestidos blancos con callos. Todos llevàbamos al cuello una gran cruz de madera con un rosario de bolas de un negro profundo, el olor a incienso me mareaba y cuando el sacerdote me miraba sentía que le brillaban los ojos de una manera excepcional.

La iglesia era angosta y estrecha, de fuertes murallas con saeteras diminutas, el haz de luz artificial salía del sagrario y no conseguía iluminar las últimas filas de bancos de madera. En frente del sagrario tras un retablo detrás del altar, una cruz desnuda del tamaño de un hombre con aspecto de ser muy vieja, con aspecto de cansancio. En su interior se almacenaban siglos de poder y sin embargo ejercía sobre mí una fascinación hacia dentro, una fascinación de vacío, de intensidad y el resultado era que me encontraba ante una obra incompleta que representaba lo desconocido. Unas pocas velas sangrantes de cera, gruesas y grasientas, completaban el escenario.

En pleno sermón escuché la voz de mi ángel deforme, nadie parecía escucharla excepto yo. Creo que era un regalo sólo para mí, una forma de privilegio al que suelen llegar los escogidos…¿Pero escogidos para qué? “En mi mundo fantástico sólo existen seres como yo” me dijo el ángel “El paraíso no está en el cielo” me dijo también “El perdón no existe, el dolor no existe, sólo está presente la vacuidad y cada lugar de tu pensamiento es un lecho para el descanso” Entonces miré a mi izquierda y vi. al ángel deforme junto a mí, se había arrodillado y murmuraba una extraña oración:

–Dame tu oscura simiente, dios de la maravilla, para que haga de mi boca una perla.

Luego se volvió hacia mí y me comentó:

–El mundo no es pañuelo sino un rectángulo con infinidad de proporciones dimensionales y en una de ellas nos encontramos tú y yo, nos encontramos perdidos y cada uno tendrá que encontrar su salida a través del otro, pero ten cuidado porque puedes hallar un abismo.

Mientras el ángel me hablaba la voz del sacerdote recitando su homilía me llegaba como palabras inconexas vacías de significado. Sentía que la iglesia encogía y que el lugar se volvía cada vez más agobiante. En un momento dado los objetos comenzaron a alejarse de mí y a disolverse en el vacío: velas, retablos, candelabros, cruces, muebles y bancos todo se alejaba y se disolvía en el polvo cósmico. Las personas también se borraban dejando tras su paso una huella de luz que acababa por difuminarse. Fue entonces cuando me dijeron que me desfallecí, que perdí la conciencia y que me desmayé justo en el acto previo a comulgar. Debió organizarse un gran revuelo y decenas de manos llegaron hasta mí. Pero yo ya me encontraba en un lugar sin nombre, envuelto en una espesa bruma y con una extraña conciencia de mí mismo: me sentía más seguro, más vivo, más perfecto, más real. Luego sentí frío y la presencia de mí ángel deforme. Nos encontrábamos en un lugar donde apenas había luz, flotando entre la bruma. “Eligirás bien” dijo mi ángel “Puedes quedarte conmigo y conocer las maravillas del universo pero para eso es necesario un requisito imprescindible”

–¿De qué se trata?—pregunté.

–Ahora estás técnicamente inconsciente tirado en el suelo de la iglesia. Para conocer las maravillas que te esperan tendrás que morir.

–¿Y si no quisiera?—respondí

–Entonces llevarás una vida monótona y vulgar hasta el fin de tus días: serás un mediocre.

Tenía que volver a mi cuerpo, yo sólo era un niño. Además el mundo está poblado por seres mediocres y si yo no destacaba en nada me granjearía la simpatía de todos.

–Hay una cosa más—me advirtió en ángel–. Lo que te estoy ofreciendo es un tesoro incalculable, si no lo aceptas no lo tendrás ni en esta vida ni en la otra y nunca más volverás a verme.

El ángel deforme me convertiría en un hombre mediocre y me negaría su presencia pero aunque yo no quería ser niño tampoco quería morir siéndolo. Cerré los ojos muy fuerte y negué con la cabeza cuando los abrí mi tía Carmencito me daba un vaso de agua en el atrio de la iglesia y todos me decían que les había dado un susto horroroso. Volví a mi ser y desde entonces no he vuelto a recibir la visita de mi ángel deforme, soy un hombre vulgar que vive una vida monótona y gris. No he conocido las maravillas del universo pero soy feliz esperando el día en que todas las preguntas tengan una respuesta.