ENORMEMENTE MUERTO

ENORMEMENTE MUERTO

 

Visité el cementerio de los ángeles que no podían morir.

Me deprimo porque no encuentro un faisán negro con quién jugar,

 ya no me divierten los esqueletos.

Los que me hieren con sus intenciones redoblan el paso,

carrusel incendiado, telón que baja aplastando al perdedor,

viejo tigre dientes de sable.

Devota callada esfera irrefutable,

jugo de limón encaramado al pasillo del pájaro, bruma teñida.

Particular vertical, almorávide, duna vacía.

Busqué un espejo para lanzarme a él,

pero sólo la palidez de mi vientre lo presagiaba.

Obtusa luna, apariencia, otredad.

Me dibujo sentado en un sueño de pesadas transparencias.

Aquellos que me robaron la emoción, qué poco me conocen.

Los bordes de todo lo que ya no se sostiene se difuminan.

Mis carceleros sangran por mi herida.

Tomad, devorad este pan negro.

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