EL PUTICLUB DE LA CALLE PERAL
EL PUTICLUB DE LA CALLE PERAL
Había alquilado la taberna del mar, en el mercado del val, para celebrar mi vigésimo quinto cumpleaños. Para la ocasión compré tres barriles de cerveza que me daban derecho a unas diez copas e invité a toda la clase de FP de imagen y sonido del instituto Gabilondo donde yo estudiaba después de haber dejado mi tercera carrera que era filosofía pura. Abandoné filosofía pura porque había leído las antimemorias de Malraux y quería convertirme en un hombre de acción cansado como estaba de ser un hombre de ideas. Necesitaba unos estudios más dinámicos que me hicieran tener una vida más física, más intensa y por eso elegí FP. Realmente todo lo que sé de la vida lo aprendí en FP, la universidad estaba llena de pipiolos y de macarrillas con pretensiones y se podría decir exagerando que en la universidad o eras un cursi o eras gentuza y al parecer no había termino medio. La gente de verdad me la encontré en FP, ahí estaba mi amigo Aitor que era un ligón simpático y viciosillo y mi profesor navarro Don Sebas que quería dar clase a muchachos universitarios y que le cansaba un poco FP. También había un montón de chicas guapas con mucha cara de niñas que ahora ya habrán cambiado para peor. Lo pasé bien en las clases de dibujo de FP, hacía un montón de acuarelas que me relajaban dejando pasar las horas en blanco en mi mente. Era como volver un poco a la infancia y se vivía feliz así. En mi cumpleaños invité a los hermanos Sagarra que eran lo mejorcito de Valladolid y a una tropa de chicos del opus dei que eran de buenas familias y que me regalaron una cruz de plata de cofrade que yo besé al recibirla. Los Sagarra llegaron con grandes mostachos porque era la época del PP en el poder y hablaron con mi profesor directamente al que también había invitado a mi cumpleaños. Aitor tuvo un gesto genial, un gesto de esos que no se te olvidan mientras vivas. Recolectó en su gorra una entrada simbólica para mi cumpleaños a cada alumno de FP que invité y así saqué más de mil duros de entonces y decidí gastármelos en putas, en el putiferio de la calle peral. Recuerdo que el bueno de Sebas me pedía una copa y que los Sagarra hablaban con él de algo que tenía que ver con el ayuntamiento. No invité a una chica de la que estaba enamorado por temor de que se pusiera a ligar con todo el mundo y me dejara solo, y es que en aquel tiempo estaba enamorado de una mujer fatal que se ponía a ligar con todos mis amigos y que me dejaba de lado cuando salíamos, me utilizaba, se reía de mí y a mí me daba igual porque estaba seguro de que algún día ella cambiaría y llegaría a estar tan enamorada de mí como yo lo estaba de ella, cosa que jamás sucedió y que me dejó un gusto amargo por la vida, ya sabemos: esa sensación de que la vida no es justa sentimentalmente hablando y de que uno no tiene lo que se merece sino las migajas que se le caen a la vida. Pero al margen de aquella mujer fatal la cosa funcionó y pasamos todos una bonita tarde de viernes bebiendo cerveza y celebrando mi cumple. La gente me cantaba el cumpleaños feliz, un coro de muchachos de verdad, de gente de verdad y no de esos macarras con pretensiones o de esos pipiolos universitarios de los que tan escarmentado acabé. La verdad es que dejo que la gente influya mucho en mis decisiones y en mis estados de ánimo y lo cierto es que debería haber seguido estudiando filosofía al margen de los gaznápiros de compis que tenía pero yo soy demasiado sensible y pienso siempre que en el fondo todos formamos una comunidad y más que eso, una fraternidad…una fraternidad blanca universal en la que cada cual es puro con su cada cuala y su cara de escuala. La vida tenía Alcohol con mayúsculas aquellos días como todos los anteriores de mi vida y eso me llenaba de fuerza para ir tirando pues pensaba que nada malo podía ocurrirme mientras tuviera un vaso de cerveza en la mano. Borracho como estaba metí todas las monedas en mi bolsillo y tras comprobar que había más de mil duros me fui al putiferio de la calle peral tras despedirme de mis amigos que todavía seguían apurando los barriles de cerveza, de muchos de ellos he olvidado sus nombres y de unos cuantos su cara. Esas personas que tanto me importaron una vez ahora sólo son fantasmas en mi recuerdo. Si las cosas que uno quiere se pudieran alcanzar…pero no nos pongamos melancólicos que da cólico. Enfilé la calle del mercado del val, salí de esa zona y por la plaza de la cruz verde llegué hasta San Pablo y de ahí a la calle peral, pequeña, recoleta…situada estratégicamente detrás de un cuartel y de un supermercado con su puticlub de puertas de madera. Estábamos a mitad de diciembre pero la madam ya tenía puesto turrones y polvorones y demás golosinas navideñas en platillos de plata para los clientes. Cuando llegué estaban unos hombres de negocios muy nerviosos que seguramente se habrían metido algo, vestidos con traje azul…Empezó a llover y yo me pedí una caña, la madam, una mujer gorda y rubia con coleta de unos cincuenta años, se asomaba de vez en cuando a la calle esperando que llegara alguna de las chicas. Sentados en una mesa los yupies esperaban hablando a gritos de sus asuntos y cada vez más nerviosos a que llegara ganado. Me di cuenta de que no todos eran yupies, parecían un grupo de cuatro yupies y un cliente que vestía de marrón y parecía más serio. El local estaba deficientemente iluminado y la lluvia agotaba la reserva de luz del día y aceleraba el oscurecimiento de la calle. Por fin entro una chica pero en vez de sentarse con los yupies que estaban en una mesa se puso enfrente de mí en una silla de la barra, tenía la cara llena de verrugas y dejó su paraguas en una esquina. No me gustaba nada, no había una zona de la cara donde no tuviera una verruga, creo que la pregunté por su signo del zodiaco…No estuve mucho tiempo, la dije que solo estaba tomando una copa y se fue a hablar con los yupies. Luego yo me fui. Recordé la primera vez que entré en el puticlub de la calle peral, era tambie´n mi cumpleaños pero yo cumplía dieciocho años…era mi cumple en diciembre pero hacía calor…me fui todo borracho con David Cabeza de Carnero que no llegó a entrar y que me vigilaba a través de la puerta entreabierta moviendo su cabeza descomunal.La prostituta que me atendío era guapa y tenía grandes pechos y me dijo que yo era un niño y que ya me llegaría el momento de echar un palo y que me fuera a casa .Yo le dije que acababa de cumplir los dieciocho pero no me creyó porque yo parecía muy crío en aquella época. Llevaba un sueter verde muy ceñido y ella me gustaba mucho. Le dije que al menos se quitara la ropa y ella me dijo que si no había visto a mujeres sin ropa en la playa luego me dijo que ella no se quitaba la ropa porque lo que yo quería era humillarla y todo porque la pregunté que si no le gustaría ser otra cosas que puta y lo curioso es que se lo pregunté con toda mi buena intención y porque me daba pena porque me había dicho que comían patatas fritas con mayonesa de la cocina cuando tenían hambre y que toda la luz que tenía en el cuarto era una lámpara de bombilla azul…Estaba claro que todavía no había llegado mi momento pero es que seis años más tarde tampoco estaba preparado, es decir que las dos veces que estuve en el putiferio de la calle peral no follé ni nada porque era un inmaduro, mi momento habría de llegar de manos del amor pero esto amigos míos es otra historia.
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