PANDEMIA
(Mi regreso al planeta Tierra)
Madrid 3, noviembre 2044.
El videoartista había instalado en la plaza construida en honor de las víctimas de las torres Picasso un tratamiento visual que reiteraba una y otra vez una secuencia titulada “La oración”, rememorando aquel fatídico día en el que el presidente Powel y su gabinete de crisis nuclear hicieron saber al mundo que por el bien de la humanidad las bombas habían sido lanzadas. El gabinete de crisis, el presidente Powel y su mujer, chaquetas y corbatas oscuras, con la cabeza baja rezando una oración, el sombrero con gasa de la mujer de Powel, apretados para salir en el plano, la mujer del presidente lloraba, la explicación de que era lo mejor para l os pueblos de la humanidad, el sombrero arrugándose contra el estómago, este es un día triste para la humanidad, he tomado esta decisión sabiendo su elevado coste de víctimas humanas pero sabemos que hubieran sido muchas más si…, un miembro del gabinete también está llorando, nadie levanta la cabeza, Dios bendiga a América, Dios salve al mundo libre, Dios salve al mundo libre, todo me parecía hermosamente preconizable y poético como si lo malvado formara parte del plan exacto de un relojero dios.
Dios salve al mundo libre… Era el grito que utilizaba mi padre en la guerra de España y Francia cuando la invasión chinomusulmana, antes de que yo naciera y del incendio del Vaticano. Aquel espectacular montaje de videoarte, antes de que Japón desapareciera bajo las aguas, nos convencía de haber sido los unos para los otros como diablos enfermos. El eco de un padrenuestro en inglés me acompañó mientras bajaba a la erremegé con un paso nervioso. Del panel de control de la RMG (Red de Metro Global) señalado por el láser de mi pulsera de identificación y comunicación, unas imágenes de las modernas colonias de Africa que yo por equivocación seleccioné cuando mi intención era llegar a Madrid 6, me invitaban a conocer los antiguos países comprados por multinacionales y pacific ados por oenegés, así que perdí el tiempo viendo Hispaniam, genial me parecía que las culturas quisieran desglobalizarse y buscaran sus raíces puntualmente, acordando reunirse los desheredados de Europa que procedían de América Latina. Eran iglesias como las que construyeron los españoles conquistadores y los portugueses, al menos en apariencia; luego descubrías que el edificio se ampliaba transformado en un hotel y en unas edificaciones horizontales adosadas que ocupaban kilómetros. Los nativos africanos de países que habían pasado hambre y luchado la penuria económica, se mestizaban olvidando cómo fueron diezmados por el sida antes de que se descubriese la vacuna. El mundo que había girado sobre dos fuerzas, una globalizadora y otra étnico-nacionalista, pero ambas complementarias, ahora sólo quería olvidar y empezar de nuevo, bastaba que poblaciones enteras decidiesen buscar sus propios valores antiguos en otra parte del mundo para que acabasen aceptando la cultura del país pacific ado en una ensalada cultural sabrosa y enriquecedora. Cuando las multinacionales comprendieron que el negocio estaba en África, antes que en otros planetas, la tecnología hidrográfica y de cultivos fue convirtiendo el viejo continente en un moderno paraíso, un destino para artistas y escritores como antiguamente lo fue Nueva York antes de ser destruido. Tan tentado estaba de acabar mis días en alguno de esos nuevos países cuando me di cuenta de que un gusano peludo del tamaño de un perro pequeño subía por mis pies y luego escapaba a la carrera por los pasillos. Los hakers genomistas, los mejor llamados genohakers, se dedicaban a crear interesantes seres vivos–y lo peor es que algunos de ellos inteligentes–desperdigándoles por metros, estaciones y museos; cuando la policía les daba caza encontraba tatuado en alguna parte de su cuerpo el nombre de su creador… Los genohakers querían lo mismo que los hakers informáticos, buscaban la fama suficiente que les abriera la puerta de alguna multinacional, pero el Estado controlaba la producción de seres vivos genómicos desde la aparición del primer niño-ser, no querían que las avanzadas técnicas de ingeniería genética volvieran a crear nada que superase la comprensión del ser humano y eso sin contar a los que veían la mano de Dios en el fenómeno, escindidos ya en innumerables sectas que pugnaban entre ellas por demostrar la creación del universo de los vivos, cuando no de los muertos. Personalmente pensaba que el grado de confusión creado se debía al exceso de información, pues al no poder coartarse la libertad de expresión de aquella, ésta quedaba envenenada con datos falsos, mentiras creadas ex profeso y distorsiones interesadas, de esa forma, al saturar al individuo con una percepción de la realidad multiplicada, éste optaba siempre por crear la suya propia, haciendo de la verdad un concepto personal, libre y relativo, y tan válido como personas confiasen en el mismo. Me preguntaba si una profesión como la mía tenía sentido camino de Madrid 6, cuando pensé en lo maravilloso que sería seguir viajando subterráneamente por RMG hasta Hispaniam, como algunos aventureros hacían pidiendo limosnas en los intercambiadores a la busca de un panorama mejor. Viajar bajo tierra se había convertido en el sistema más barato, pero más tedioso, de conocer mundo y seguramente en el más práctico para escapar de sí, sin necesidad de usar las drogas. Durante un tiempo funcionaron las plataformas de irrealidad y diversificación, donde todo lo que se encontraba era una creación surgida del inconsciente y el viajero padecía su propio sueño con menor o mayor agrado, pero el hecho de que se tratase de una experiencia colectiva mermó el avance del proyecto, y la gente comenzó a seleccionar de nuevo sus viejas drogas; las había tan variadas que, por ejemplo, en el terreno creativo, se comerciaba con las que servían para crear música, inventándose incluso algunas para perfeccionarse en la poesía y otras para iniciarse en el relato corto. La creatividad se había convertido en un valor tan importante que prácticamente ya no quedaba nadie en el mundo que no hubiese sido un genio al menos una vez en la vida, la selección era dura, pero los espectaculares resultados eran tan sofisticados que la gente conseguía emociones físicas tan potentes que conseguía levitar o perder todo su pelo en el estreno de una representación. Una simple pastilla te convertía en Sakespeare, otra en Dashiel Hamet, una bebida que se vendía en máquinas lograba que te expresases como el mismo Séneca y algunos elitistas utilizaban drogas de percepción que les permitían asimilar correctamente complejas ecuaciones de la física cuántica. Para la experimentación sexual hacía mucho tiempo que las drogas habían sido substituidas por experiencias virtuales comerciales con tanto éxito que la frontera entre sexos había sido completamente eliminada; al buscar las mujeres experiencias que sólo podía sentir un hombre y éstos la capacidad multiorgá smica propia del bello sexo, el abuso de estas experiencias alcanzó tal grado que algunos empezaron a experimentar cambios en su organismo, demostrándose de esa forma que somos lo que nuestra mente cree que somos hasta el punto de hacernos cambiar físicamente, de ésta manera muchos hombres que habían experimentado sensaciones como mujeres acabaron desarrollando senos y atiplando la voz. La conciencia inmediata fue explotada por numerosas empresas que hacían creer a los clientes que siempre habían sido jóvenes, bellos o delgados, provocando fascinantes mejoras en el individuo. Se descubrió entonces que la concepción judeocristiana de la vida como un lugar de tránsito donde reinaba el dolor y la muerte, hacía enfermar a los cristianos que vivían “in hac lacrimarum valle” como en un vídeojuego donde lo interesante era siempre la siguiente pantalla. Muchos de ellos reconformaron su fe haciendo hincapié tan solo en la idea de piedad y mientras sentían compasión por los que sufrían se daba n a los mayores placeres posibles poniendo los pies en la tierra y entendiendo como una enfermedad desear el paraíso en la otra esfera y buscándolo en ésta. De este modo, el cristianismo hedonista fue una nueva filosofía, tan adquirida y admitida que incluso llegó a valorarse en curriculums porque el optimismo de esta idea se extendía como una manera de lograr el exiéxito, una especie de metaéxito que conjugaba el éxito personal con el social y que había puesto de moda un esquizofrénico que se hizo rico vendiendo libros de autoayuda …y si bien se ha de hablar del éxito como el Parnaso de todo hombre digno, también hay que contar que muchas otras filosofías propugnaban el fracaso como valor. De hecho no era más que otro modo de valorar la ambición, la ambición era el motor que movía todo y lo importante era ser ambicioso, si tras mostrar interés por destacar uno sólo adquiría mediocridades, era más importante la intención que los resultad os. Se tenía entonces muy en cuenta la actitud del fracasado, su autodestrucción cuanto más ruidosa y mediática fuera más valorada era, grupal o individualmente, cada día amanecíamos en la redacción con noticias enviadas por agencias que nos hablaban de forma de darse muerte creativas, poéticas e incluso abnegadas. Sólo cuando los suicidas eran como bufones que llegaron a obtener sus propios minutos en los programas de televisión para quitarse la vida, la ideología comenzó a convertirse en una moda destinada a perecer como tal. De mis recuerdos buenos mantengo aquel que me habla del alcoholismo como una religión, al parecer algunos estados de borrachera fueron medidos y ponderados con un nuevo artilugio que numeraba el estado de felicidad que se podía conseguir con esa antigua droga llamada alcohol, una caterva de intelectuales modernos, aburridos y científicos, llegó a demostrar que los estados de éxtasis correspondían a un número en el artilugio medidor y se hicieron ranquings por la Internet para buscar el hombre o mujer capaz de alcanzar el éxtasis y que pudiera demostrarlo, como algunos sujetos ganaran el famoso concurso se decidió entrevistarlos a todos, ya que su nivel de alcoholemia no distaba mucho de los que sólo habían logrado un ligero goce sensual con su hábito, así pues se dedujo que era prioritario mantener una actitud personal positiva ante el mundo, una simpatía natural y una bondad fuera de toda duda. Trulyt, el operario que consiguió el éxtasis primero, fue el precursor del trurlytismo o trurltismo y mucha gente configuró de nuevo sus hábitos de pensamiento y vida para adecuarlos al goce alcohólico, el éxito de esta droga se debía a su antigua permisividad y también a su no inmediata afectividad, lo que propiciaba reuniones, conversación y actividad social.
Otros hombres buscaron la felicidad disfrazándose, cada día adquirían una personalidad diferente que se complementada con un traje adecuado. Su organización llegó a crear nuevos disfraces surgidos de personajes inventados que vivían en extraños mundos desarrollando estrafalarios cometidos, de esa manera, un escritor que decía haber creado un género llamado el cienciopitonismo y que en su día no fue más que un disfraz gionizado, llegó a adquirir tal relevancia que su poder de persuasión traspasó el juego llegando a creerse en su existencia real, esta confusión fue aprovechada por el portador de su personaje que extendió las creencias del mismo, desarrollándolos con tal poder de imaginación que los relatos que escribió pensando que así debían ser los de su personaje fueron t an intensos que muchas mentes débiles se adhirieron a su poderoso magnetismo sin que la organización se atreviera a desmantelar la farsa. La caída de valores morales producida por la destrucción de Nueva York tras la tercera guerra mundial fue como una fruta podrida que al caer en la tierra sirve de abono a nuevas hierbas. La gente se aisló tanto desde aquello, la confianza en el prójimo llegó a resentirse de tal manera que muchos comercios se enriquecieron vendiendo lo que se llamaba “sonidos de compañía”. Por un módico precio podías convertir tu solitario piso en un hogar habitado por sonidos de pájaros, susurros de parejas sensuales, risas de hijos correteando con sus pasos diminutos y ladridos de perros fieles compañeros, todo ello, sumado a las experiencias virtuales y la legalización de la droga hizo posible que pronto en toda vivienda hubiera por cada propietario al menos un interfaz de realidad virtual como antes no se pudo prescindir de los pecés y anteriormente de los telev isores. Había gente que moría feliz tras haber vivido sola toda la vida, el autismo social se normalizó y se institucionalizó hasta tal punto que la gente acudía sola a los bares y discotecas con interfaces móviles virtuales que le permitían conocer a sujetos virtuales que eran tal y como ellos habían decidido que fueran mediante un sofisticado programa informático, de esa forma el mundo se hizo irreal, lucrativo y perfecto y sólo la vejez, la enfermedad o la muerte sacaba a las personas de su ostracismo voluntario, sobre todo desde que el trabajo empezó a ser una opción y no una obligación y el que quisiera podía limitarse a existir con unas prestaciones básicas del Estado mientras las máquinas robotizadas realizaban los trabajos más ingratos. Muchos llegaron a la conclusión de que algo se había roto definitivamente entre los miembros de la especie humana y que la desilusión producida por la maldad de unos hechos inadmisibles de la última guerra se había decantado en soledad como norma, los demás no importaban o eran considerados meros instrumentos de servidumbre y placer, el culto al ego, el amor tan solo a uno mismo y a lo que uno mismo representa fue normalizado y solo los elitistas, los sectarios y los inadaptados escaparon de esta espiral intentando vivir según sus normas y sufriendo por ello persecución y muerte–curiosamente a manos de sí mismos–, pues los que huían de la forma de ser adquirida mayoritariamente entendían que el mundo real y lúcido, al contrario que el virtual y narcotizante, estaba plagado de enemigos hijos del resentimiento de los antiguos modos de vida anterior a la guerra, delincuentes, mercenarios y terroristas. La calle era de ellos y el que quisiera prescindir de su burbuja para frecuentarla debía armarse y ejercer su derecho a la autodefensa con los elementos bélicos que abundaban y que no por obsoletos resultaban menos efectivos.
Si yo ahora puedo escribir este artículo es porque no me he quedado colgado del mundo virtual, el Estado laico me detuvo y recondujo sagazmente tras haberme liberado de la secta Católicos del Apocalipsis, CAP, aunque yo no supiera que estaba en ella–tan sólo colaboraba con su revista, eso es todo–cuando los intelectuales dedujeron que la Tercera Guerra Mundial fue ante todo una guerra religiosa y se prohibió cualquier tipo de devoción fuera del ámbito privado. La verdad es que me convenció ese capítulo del Apocalipsis que habla sobre la marca de la bestia y dice que el que no la tuviera no podría vender ni comprar y que se llevaría en la mano o en la frente. En efecto, durante la última guerra la confusión era tan grande que n o hubo más forma de controlar a los terroristas injertando un chip bajo la piel de la frente o el dorso de la mano, para convencer a la gente de la necesidad de llevarlo se dispuso que el acceso a sus cuentas bancarias sólo sería posible mediante este chip con datos personales y como los terroristas burlaran esta forma de control de los estados se llegó al acuerdo de realizar todas las compras, incluyendo la de los productos básicos, mediante este sistema de identificación. A mi modo de entender las cosas, fue este método lo que permitió acabar con la guerra pero al finalizar la misma el odio hacia toda forma de manifestación religiosa se impuso y algo tan sencillo como unas líneas rebeldes en una revista literaria te hacía sospechoso de conspirar contra el Estado, laico naturalmente. De no haber sido por la colaboración de alienígenas en la construcción de naves propulsadas terrestres nunca hubiéramos salido de la infancia de la era espacial, este salto tecnológico relativizaba cual quier concepto de Iglesia o Dios haciendo que la especie humana al completo no se creyera el centro de la creación, aplacando la soberbia de pueblos supuestamente elegidos. La humanidad por fin empezaba a salir de su época de destrucción y oscuridad y yo me sentía afortunado, pues aunque mi padre me dijera que yo vivía en un mundo sin valores de confusión racial y sin identidad prefería las drogas, la evasión tecnológica y el hedonismo que el orgullo de haber combatido en una guerra en el nombre de un mundo libre que no lo era y cómplice de una alianza que exterminó millones de personas. Todavía quedaba violencia pero el Estado nunca nos daba información, simplemente nos prohibía circular por unas calles o el acceso a determinados núcleos poblacionales del que desconocíamos el origen o la razón de su conflicto. Si yo que era cyberperiodista no lo encontraba mal, los que no tenían más interés que saber lo que sucedía en sus mundos virtuales ni se lo planteaban. Mi anciano padre me son reía pero miraba por la ventana preocupado, decía que mi generación había renunciado por completo a la libertad y a la realidad por la seguridad y la evasión…
–¿Y qué otra cosa crees que se podría esperar del ser humano–le respondía–después de su suicidio colectivo?
Mi padre callaba malhumorado, nada por lo que hubo luchado permanecía. La Tercera fue la derrota de toda la humanidad. Una vez alguien me dijo que cortaban las calles y cerraban el acceso a determinados países porque había una pandemia, una moderna peste global de la que morir tarde o temprano. Creo que era un ángel aunque yo no creo en ningún dios… ¿Por qué saberlo? Ojalá mi padre no hubiera conocido nunca una guerra, ojalá hubiera sido tan afortunado como lo soy yo ahora.
Ojalá